Las ciencias sociales y la noción de desarrollo

31 08 2008

Para entender la relación entre las ciencias sociales y el concepto de desarrollo -cualquiera sea la ciencia social- tendremos que encargarnos primero, de la historia de la formación de las mismas ciencias sociales, por un lado, y de las premisas o postulados teóricos en que las mismas están basadas, por el otro. Después veremos someramente, desde el punto de vista económico qué es el desarrollo o la modernización. Y por último, veremos qué implicancias políticas y económicas tenía la teoría del desarrollo o de la modernización.
Las ciencias sociales se ubican en un punto medio entre las ciencias naturales por un lado, y las humanidades, por el otro. Esta forma de conocimiento apareció en el mundo moderno, justo cuando comienzan también las pretensiones de parcelar y dividir el conocimiento. El concepto ciencia, es la que engloba la sistematización del conocimiento en el mundo moderno tal como lo fueron respectivamente la filosofía en la Antigüedad y la teología en la Edad Media, sólo que éstas últimas eran un conocimiento incierto y metafísico, sin base en la observación empírica ni en la experimentación. La aparición de la ciencia, hay que entenderla en el contexto de que en Europa se comienza a gestar la discriminación entre el conocimiento cierto o científico, y el conocimiento especulativo o filosófico. En palabras de la Comisión Gulbenkian para la reestructuración de las ciencias sociales: “la ciencia social es una empresa del mundo moderno; sus raíces se encuentran en el intento, plenamente desarrollado desde el siglo XVI y que es parte inseparable de la construcción de nuestro mundo moderno, por desarrollar un conocimiento secular sistemático que tenga algún tipo de validación empírica”.[1] La diferencia con respecto a los corpus de conocimiento anteriores, es que la ciencia quiere construir un tipo de conocimiento que tenga correspondencia y validez universal en su referencia a la realidad empírica.

Las ciencias sociales –así como también las naturales- se conformaron en general bajo dos premisas básicas. La primera de ellas, provenía del modelo newtoniano, “en el cual hay una simetría entre el pasado y el futuro. Era una visión casi teológica: al igual que Dios, podemos alcanzar certezas, y por lo tanto no necesitamos distinguir entre el pasado y el futuro puesto que todo coexiste en un presente eterno”.[2] La segunda premisa que configuró al concepto moderno de ciencia, es el que proviene del pensamiento de Descartes (dualismo cartesiano), en el que “la suposición de que existe una distinción fundamental entre la naturaleza y los humanos, entre la materia y la mente, entre el mundo físico y el mundo social/espiritual”.[3] Tales postulados pretendían encontrar un conocimiento nomotético (formar leyes) que fuera válido en todas partes y en todos los tiempos (ahistórico), es decir, deseaban formar leyes universales ahistóricas; y también al mismo tiempo justificaban la separación de las formas de conocimiento entre los fenómenos naturales y los fenómenos sociales/espirituales, y por ende la contraposición entre ambas formas de conocimiento.

No obstante, este desarrollo de las ciencias sociales, tomó mucho tiempo en configurarse en las formas actuales que conocemos. Pues, al principio, la ciencia y la filosofía eran consideradas como las dos caras de una misma moneda ya que ambas deseaban llegar a la verdad, había una distinción entre ambos campos pero no una separación tajante entre ambas y mucho menos una contraposición entre ambas formas de conocimiento. Dicha separación entre ciencia y filosofía, llegó cuando “el trabajo experimental y empírico pasó a ser cada vez más importante para la visión de la ciencia, la filosofía comenzó a aparecer para los científicos naturales cada vez más un mero sustituto de la teología, igualmente culpables de afirmaciones a priori de verdades imposibles de poner a prueba”.[4] Como vieron que el conocimiento filosófico en base a la metafísica, no tenía mucha utilidad práctica en cuanto a predictibilidad, se le dejó de lado o en el último lugar. Además, la premisa de que el mundo es igual en todos los tiempos, influyó aún más en querer predecir los fenómenos que estaban basados en pruebas empíricas. Al mismo tiempo que ocurría esta bifurcación entre ciencia y filosofía, algunos se plantearon ciertas materias en alusión a problemas sociales, en forma de “física social” (Comte), y por ende, se empezó a “reconocer la existencia de múltiples tipos de sistemas sociales en el mundo (···) cuya variedad requería una explicación”;[5] es decir, como vieron que las ciencias naturales eran muy efectivas en cuanto a su predictibilidad con respecto a los fenómenos naturales, los que deseaban encargarse de los fenómenos sociales querían aplicar esos mismos postulados –tanto metodológicos como teóricos- de las ciencias naturales con respecto a la realidad social; querían llegar a tener también un conocimiento universalmente válido y predictivo con respecto a la conducta social.

Con el pasar del tiempo el campo de las ciencias sociales, el cual no estaba aun institucionalizado como tal, empezó a sufrir un fenómeno de disciplinarización y profesionalización de las disciplinas que conforman el conocimiento de los fenómenos sociales. Tales fenómenos se entienden como la “creación de estructuras institucionales permanentes diseñadas tanto para producir nuevo conocimiento como para reproducir a los productores del conocimiento”,[6] en la que las universidades ayudaron mucho a la conformación actual de las ciencias sociales y a su constante perpetuación en el tiempo de las mismas, puesto que éstas disciplinas no tenían la misma validez práctica frente a los gobiernos ni frente a la opinión pública acerca de su utilidad práctica. Además, no hay que pasar por alto que dichos fenómenos de disciplinarización y profesionalización del conocimiento social, se vieron coadyuvados también por ciertos acontecimientos históricos, especialmente por la Revolución francesa, “puesto que la presión por la transformación política y social había adquirido una urgencia y una legitimidad que ya no resultaba fácil contener mediante la simple proclamación de teorías sobre un supuesto orden natural de la vida social. En cambio muchos –sin duda con esperanzas de limitarlo- sostenían que la solución consistía más bien en organizar y racionalizar el cambio social que ahora parecía inevitable en un mundo en el que la soberanía del “pueblo” iba rápidamente convirtiéndose en la norma. Pero para organizar y racionalizar el cambio social primero era necesario estudiarlo y comprender las reglas que lo gobernaban. No sólo había espacio para lo que hemos llegado a llamar ciencia social, sino que había una profunda necesidad de ella. Además parecía coherente que si se intentaba organizar un nuevo orden social sobre una base estable, cuanto más exacta (o “positiva”) fuese la ciencia tanto mejor sería todo lo demás”.[7] La ciencia social, obtuvo desde aquél entonces, una legitimidad instrumental por su utilidad de poder entender –y aun con mayor razón, de poder “predecir”- el cambio social.

La institucionalización de las disciplinas que conforman las ciencias sociales, se llevo a cabo en cinco países: Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y Estados Unidos, puesto que la mayor producción intelectual acerca de dichas disciplinas, se elaboraba en tales países. Las ciencias sociales que se conformaron entre 1850 y 1945, fueron: la historia, la economía, la ciencia política y la sociología. La historia se quería enfocar al modo rankeano (wie es eigentlich gewesen ist), es decir, describir lo que realmente sucedió. Este tipo de historia era positivista en su método (sólo fuentes escritas); pretendía ser objetiva, y por ende estar libre de valores (neutral); tenía un fuerte rechazo a la formulación de “leyes históricas”, por lo que era una disciplina profundamente idiográfica y antinomotética. La economía se formó durante el siglo XIX bajo el nombre de “economía política”, la cual tenía un fuerte influjo por parte del liberalismo. Cuando se le eliminó el adjetivo “político” a la economía, se afirmaba que el comportamiento económico era “el reflejo de una psicología individual universal, y no de instituciones socialmente construidas”.[8] Ésta disciplina, era un estudio enfocado en el presente, y estaba basada en supuestos universales, por lo que era profundamente nomotética. La sociología, por su parte, se encargaba de la sociedad civil, la gente común y de las consecuencias sociales de la modernidad. También era nomotética y enfocada en el presente. La ciencia política, apareció en el abanico de las ciencias sociales con el fin de legitimar a la economía como una disciplina separada de la política. Ésta disciplina operaba bajo el supuesto de que el Estado y el mercado funcionaban y debían funcionar con distintas lógicas. Al igual que las dos disciplinas anteriores, ésta también era enfocada en el presente y nomotética. Estas ciencias sociales, tenían solamente como objeto de estudio al mundo moderno y desarrollado, es decir, al Occidente. Al mundo No Occidental se le asignaron otras disciplinas, como la Antropología y los Estudios Orientales.

Ya entre 1850 y 1945 quedaron muy marcadas las distinciones entre las distintas ciencias sociales en tres categorías distintas. 1) el estudio del mundo moderno/civilizado (historia mas las tres ciencias nomotéticas) y el estudio del mundo no moderno/no occidental (antropología y estudios orientales). 2) Dentro del estudio del mundo moderno, se estableció la línea entre el pasado (historia) y el estudio del presente (las tres ciencias nomotéticas). 3) Dentro del campo de estudio de las tres ciencias nomotéticas: la economía (estudio del mercado), la ciencia política (estudio del Estado) y la sociología (estudio de la sociedad civil). Tal fue la separación de campos en los que se aceptó de forma implícita que eran independientes entre sí.

Desde 1945 en adelante con la institucionalización de las ciencias sociales, empezaron en los Estados Unidos con los llamados “estudios de área”. La idea de dichos estudios era que “un área era una zona geográfica muy grande que supuestamente tenía alguna coherencia cultural, histórica y frecuentemente lingüística. La lista que se fue formando era supuestamente heterodoxa: la URSS, China (o Asia Oriental), América Latina, el Medio Oriente, África, Asia Meridional, Asia Sudoriental, Europa Central y Centro-oriental y, mucho más tarde, también Europa Occidental. En algunos países Estados Unidos (o América del Norte) pasó a ser igualmente objetos de estudios de área”.[9] Tales estudios eran también “multidisciplinarios”, en el que se agrupaban “principalmente de las diversas ciencias sociales, pero a menudo también de las humanidades y ocasionalmente incluso de algunas ciencias naturales”.[10] Los estudios de área, tenían también fines políticos por parte de los EEUU, pues como potencia dominante políticamente en el mundo, necesitaba también conocer a los diferentes lugares del globo, especialmente donde intervenía directamente política y militarmente. Al interior de los estudios de área, “los historiadores y los científicos nomotéticos se encontraban frente a frente con antropólogos y estudiosos orientalistas; los historiadores se enfrentaban a los científicos nomotéticos y cada tipo de científico social nomotético se enfrentaba con todos los demás”,[11] por lo que, no enfocaban el trabajo como si hubiese una verdadera colaboración, sino que era una relación de contraposición en todos los niveles de la diferenciación o parcelación entre las distintas ciencias sociales, es decir, había una relación antagónica tanto entre las diversas disciplinas sociales como entre los científicos sociales tanto idiográficos como nomotéticos.

Sin embargo, pese a las diferencias y a las contraposiciones –implícitas- que se establecieron en el seno de la conformación de las ciencias sociales, y “los estudios de área se presentaban en el aspecto restringido de la multidisciplinariedad (concepto que ya se había discutido en el período de entreguerra), esa práctica ponía de manifiesto el hecho de que había una dosis considerable de artificialidad en las nítidas separaciones institucionales del conocimiento de las ciencias sociales”.[12] Por lo que, consecuentemente se comenzó a aplicar las ciencias sociales, tanto idiográficas como nomotéticas, a todos los lugares geográficos sin discriminación y sin importar si eran zonas geográficas occidentales o no occidentales, por lo que tal práctica contribuyó aun más a cuestionar el parcelamiento del conocimiento social e histórico.

Yendo más allá de lo meramente institucional, este cuestionamiento de la división de las ciencias sociales, trajo también problemas intelectuales muy importantes, y que tenían también implicancias políticas. Pues “ontológicamente ¿las dos zonas eran idénticas o eran diferentes? La suposición antes predominante establecía que eran suficientemente diferentes como para requerir disciplinas de ciencias sociales diferentes para su estudio. ¿Deberíamos ahora suponer lo contrario, que no había diferencia de ningún tipo que justificara una forma especial de análisis para el mundo no occidental? Los científicos sociales nomotéticos discutían si las generalizaciones (leyes) que ellos habían ido estableciendo eran igualmente aplicables al estudio de áreas no occidentales. Para historiadores más idiográficos, el debate se planteaba en forma de una pregunta que se formulaba muy seriamente: ¿tiene historia África?, ¿o sólo las “naciones históricas” tienen historia?”.[13]

Todas esas preguntas ontológicas que cuestionaban seriamente la diferencia entre el mundo Occidental y el mundo No-Occidental, adoptó la respuesta de la llamada “teoría de la modernización“ o del “desarrollo”. Dicha teoría se fundamentaba en que “analíticamente las áreas no occidentales eran iguales a las áreas occidentales, ¡pero no del todo!”,[14] puesto que ese “no del todo” estaba afirmando que al mundo No-Occidental le faltaban ciertas características para llegar a ser como el mundo Occidental. La “teoría del desarrollo”, establecía así una relación de superioridad/inferioridad entre el mundo Occidental y el mundo No-Occidental. Inferioridad con respecto al mundo Occidental, puesto que, “el hecho de que las ciencias sociales construidas en Europa y Estados Unidos durante el siglo XIX fueran eurocéntricas no debe asombrar a nadie. El mundo europeo de la época se sentía culturalmente triunfante y en muchos aspectos lo era. Europa había conquistado el mundo tanto política como económicamente, sus realizaciones tecnológicas fueron un elemento esencial de esa conquista y parecía lógico adscribir la tecnología superior a una ciencia superior y a una superior visión del mundo”.[15] La teoría en sí, tenía como tesis fundamental, “la de que existe un camino modernizante común para todas las naciones/pueblos/áreas (es decir que son todos lo mismo) pero las naciones/pueblos/áreas se encuentran en etapas diferentes del camino (por lo tanto no son del todo iguales). En términos de política pública se tradujo en una preocupación a escala mundial por el “desarrollo”, término definido como el proceso por el cual un país avanza por el camino universal de la modernización. Desde el punto de vista organizacional, la preocupación por la modernización/desarrollo tendió a agrupar a las múltiples ciencias sociales en proyectos comunes y en una posición común frente a las autoridades públicas”.[16]

Ahora, no detendremos en la problemática misma del concepto de desarrollo o modernización. Lo haremos en este trabajo, desde el punto de vista más bien económico, puesto que se entiende que un desarrollo económico posibilita y sustenta en el tiempo, el desarrollo en otras áreas. La economía funciona actualmente y opera a través de “teorías económicas”. Una teoría económica, es –según Wallerstein- un “conjunto bien organizado de hipótesis interrelacionadas y refutables que se derivan de un grupo reducido de axiomas que por lo general han sobrevivido a cierta cantidad de experimentación empírica rigurosa”.[17] Por lo general, en cuanto al tema de la historia económica, en esa materia no funcionan tanto las teorizaciones acerca de la economía, por lo que, los historiadores economicos deben más bien, formular hipótesis de trabajo en torno a lo que Wallerstein llama como “mitos organizativos”. Un mito organizativo, es “una proposición que no se puede comprobar; es un cuento, una metahistoria que intenta proporcionar un marco de referencia por el cual se interpretan las estructuras, los patrones cíclicos y los sucesos de un sistema sociohistórico determinado. Nunca se puede aprobar o reprobar, sólo se puede proponer (y defender) como un mecanismo heurístico que explica de manera más elegante, coherente y convincente que cualquier otro mito, el sistema histórico en observación y que deja sin resolver menos enigmas o requiere de menos explicaciones ad hoc para justificar la realidad empírica”.[18] Dichos “mitos organizativos”, como dice Wallerstein, son metahistorias que tienen como objetivo el explicar el desarrollo del mundo Occidental, es decir, explican el paso del mundo feudal al mundo moderno que sufrió el mundo moderno, pero además, tales “cuentos” son propuestos con el fin de legitimar ciertas prácticas e ideas políticas y económicas.

Pues, a través de los llamados “mitos organizativos”, se ha intentado explicar el desarrollo del mundo Occidental con respecto al mundo No Occidental. Wallerstein, da a entender que en las ciencias sociales, estuvo imperando precisamente un mito organizativo que relata el desarrollo occidental. Tal “mito organizativo” dice así: “Había una vez una Europa feudal que vivía en la “Edad del Oscurantismo”, donde casi todos eran campesinos y los campesinos estaban gobernados por señores feudales que poseían grandes extensiones de tierra. Por algún proceso (···) emergió el estrato medio compuesto principalmente por burgueses urbanos. Surgieron o resurgieron nuevas ideas (un renacimiento), se incrementó la producción económica, la ciencia y la tecnología florecieron; al final todo esto trajo consigo la “revolución industrial”. Junto con este cambio económico hubo uno político. De alguna manera la burguesía derrotó a la aristocracia y durante el proceso, expandió la esfera de libertad. Todos los cambios se dieron juntos, pero no se efectuaron al mismo tiempo en todas partes. Algunos progresaron antes que otros. Durante mucho tiempo la Gran Bretaña ha sido el candidato favorito para precursor, como es natural dentro del contexto de un mito que evolucionó bajo los auspicios de la hegemonía británica en la economía-mundo. Otros países estaban más “atrasados” o menos desarrollados. No obstante, dado el optimismo primordial de este cuento, no era necesario desesperarse pues las personas atrasadas podían (y debían) imitar a las adelantadas o progresistas y con eso probar también los mismos frutos del progreso”.[19] Con ese mito, se estaba diciendo implícitamente que el mundo No Occidental, tendría que pasar por los mismos procesos históricos que el mundo Occidental, es decir, pasar por un Renacimiento, una Revolución Burguesa –o análoga a ella- y una “revolución industrial”, puesto que cada uno de esos sucesos, tenían que ver con el fin de la atadura de la razón por parte de la fe, la aparición de una sociedad civil y un Estado democrático, y la aparición del libre mercado. El “mito organizativo” dominante[20] en Occidente, estaba diciendo a las culturas No Occidentales, que lo que pasó en Europa Occidental también tendría que ocurrir en las zonas No Occidentales, para que éstas últimas sufran un desarrollo como los occidentales. Por último, el “mito organizativo” hace que la evolución histórica de Occidente se vea como un devenir lineal y acumulativo.

En las ciencias sociales, el “mito organizativo” dominante, se expresaba en algunas preguntas como las que Wallerstein dice en su libro. Una de las primeras interrogantes acerca del mito, era el cómo explicar los itinerarios nacionales, o la evolución de los distintos países, y se expresaba con la pregunta: ¿cómo y por qué se dio la “transición” del feudalismo al capitalismo o la “revolución industrial” en éste país y no en otro? O también ¿cuál país fue primero? El segundo ítem, era saber cómo enfrentaron los países la desorganización provocada por la modernización, y las preguntas a esa problemática era ¿cuál es el mejor camino para crear un estado “democrático” moderno que permita una amplia participación en el gobierno, pero mantenga la “anarquía” bajo control? Y el tercer ítem, se preguntaba acerca de cómo pueden ayudar las ciencias sociales históricas a la modernización del Estado, y su pregunta típica era: ¿cómo puede una nación atrasada ponerse al día? Pues, con ese tipo de preguntas, se imponía implícitamente una relación de superioridad/inferioridad entre el mundo “desarrollado” y el “subdesarrollado”. Tales eran las preguntas típicas en las ciencias sociales, bajo el “mito organizativo” dominante.[21]

Al concepto que Wallerstein echa más mano, es al concepto de desarrollo[22] económico, y el autor afirma que es un concepto muy manoseado por las ideologías políticas: “en cualquier lugar del mundo actual lo que divide a la izquierda y la derecha sin importar como se le defina, no es desarrollarse o no desarrollarse, sino cuáles políticas se presume ofrecen más esperanzas de alcanzar ese objetivo. Se nos dice que el socialismo es el camino al desarrollo; que el laissez-faire es el camino hacia el desarrollo; que romper con la tradición es el camino hacia el desarrollo; que una tradición revitalizada es el camino hacia el desarrollo; que la industrialización es el camino al desarrollo; que una mayor apertura al mercado mundial (crecimiento orientado a las exportaciones) es el camino hacia el desarrollo. Sobre todo se nos dice que el desarrollo es posible con sólo hacer bien la cosa indicada”,[23] por lo que, detrás de cada demanda por el desarrollo hay un interés económico implícito, y no sólo económico sino que también ideológico y social. Además, hay que destacar además, que la distintas teorías del desarrollo, están sustentadas en la producción intelectual de las ciencias sociales, es más, están sustentadas por los distintos científicos sociales, puesto que ellos “tienen misiones, igual que los líderes políticos o religiosos, buscan la aceptación universal de determinadas prácticas en la creencia de que eso maximiza la posibilidad de alcanzar ciertos fines, tales como conocer la verdad”.[24] Por lo que, no hay que pensar, que los científicos sociales y su producción intelectual, está libre de valores políticos.

En cuanto a lo político, la teoría del desarrollo[25] hace que se tenga que optar por dos acciones frente al desarrollo económico. En esto Wallerstein, afirma que “por una parte, el desarrollo significaba mayor igualdad interna, es decir, una transformación social (o socialista) interna. Por otra parte, el desarrollo significaba crecimiento económico, lo cual implicaba “equipararse” con el líder”,[26] por lo que consecuentemente, los Estados defendiendo sus intereses y dependiendo de su opción ideológico-política, expresan su adhesión o por la igualdad económica o por el crecimiento económico: “la respuesta tiene que ser que los estados siempre han dado prioridad a la tarea de equiparación y que los movimientos han estado divididos en este aspecto. Esta división se remonta al principio de su historia individual y colectiva. Los movimientos reunieron bajo una cúpula organizativa a quienes deseaban tener más, equipararse (e implícitamente rebasar) a los demás, y a aquellos que buscaban la igualdad. La creencia ideológica de que ambos objetivos son correlativos sirvió inicialmente como adhesivo organizativo, el cual con frecuencia tomó la forma de una aseveración: que podía alcanzarse la igualdad mediante el crecimiento económico (y el fin de la escasez)”.[27]


[1] Immanuel Wallerstein (coordinador), Abrir las ciencias sociales, Siglo XXI, 9º edición, 2006, México, p. 4

[2] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 4

[3] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibidem.

[4] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 7

[5] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 9

[6] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibidem.

[7] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., pp. 10-11

[8] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 20

[9] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., pp. 40-41

[10] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 41

[11] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., pp. 41-42

[12] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 42

[13] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., pp. 43-44

[14] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 44

[15] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., p. 57

[16] Immanuel Wallerstein (coordinador), Ibíd., pp. 44-45

[17] Immanuel Wallerstein, Impensar las ciencias sociales, Siglo XXI, México, 4º edición, 2004, p. 57

[18] Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 57

[19] Immanuel Wallerstein, Ibíd., pp. 58-59

[20] Immanuel Wallerstein, propone un “mito organizativo” diferente para explicar la evolución de la economía-mundo capitalista. Él no se enfoca en las distintas evoluciones nacionales por separado, sino que las explica en su conjunto dentro de la economía-mundo capitalista. Dicha economía-mundo capitalista, está compuesta según Wallerstein por los “Estados soberanos”, pero esa no es la más importante unidad de análisis para Wallerstein. La economía-mundo capitalista, está compuesta por tres zonas geo-económicas, las cuales son: la periferia, el centro y la semi-periferia. El centro es el sector de la economía-mundo que recibe más plusvalor y que puede acumular más capital, también es la zona económica en dónde está la más avanzada tecnología industrial, y en donde en consecuencia pueden crear mercancías con un valor agregado más alto. La periferia a su vez es la zona más débil económicamente, y en donde la plusvalía que acumula –si es que le es posible acumular algo- es mínima. Y es en donde la mano de obra se reubica con el fin de proporcionar más fuerza laboral barata a disposición del centro, y es donde la industrialización es mínima. La periferia, es una zona intermedia en donde no se notan tanto las diferencias de las zonas descritas previamente.

El “mito organizativo” alternativo que propone Wallerstein, es que: “Había una vez unos terratenientes (o aristócratas) que exprimían plusvalía de los campesinos de varias maneras. Pero por una serie de razones (las cuales pueden someterse a discusión) este sistema tuvo problemas serios en Europa alrededor de 1200-1350. El poder negociador del campesinado en los dos siglos posteriores aumentó en forma notable debido en parte a acciones políticas (revueltas) del campesino, a la depresión demográfica (que incrementó el raro valor de los trabajadores calificados) y a la destrucción encarnizada de la nobleza (el resultado mismo del aprieto económico). Esta fue la denominada crisis del feudalismo”. Wallerstein dice que la solución a tal crisis “fue la transformación del sistema feudal en una economía-mundo capitalista, la adopción de un método de producción diferente donde los productores directos pudieran obtener la plusvalía de manera mas indirecta y menos visible que la anterior”. Además, según el autor, ese traspaso de un sistema a otro “implicaba “reconvertir” a los señores feudales en empresarios capitalistas, primero en la agricultura pero también en la industria, comercio y finanzas. Lejos de que la burguesía derrocara a la aristocracia, ésta se convierte en Burguesía”.

Como consecuencia del cambio del sistema económico en Europa, “la creación de la economía-mundo capitalista revirtió de manera radical la tendencia en la distribución del ingreso real, alejándolo de los productores directos a favor de los estratos altos. Los procesos de desarrollo capitalista implicaron la redistribución y reubicación de la fuerza de trabajo durante cierto período”, y como consecuencia de dichos procesos concernientes a la fuerza laboral, “ésta comenzó a ver a través del “velo” de las transacciones del mercado y a exigir sus “derechos” de diversas maneras. Las rebeliones de períodos anteriores se combinaron con protestas contra la creciente “comercialización” del mundo”. La respuesta por parte de los estratos altos a dichos movimientos contra la “comercialización” del mundo fue “la respuesta usual de la fuerza superior. Pero el uso de la fuerza de manera abierta rompía el “velo” de las estructuras impersonales del mercado, y amenazaba así con socavar uno de los elementos fundamentales del éxito del capitalismo como sistema social. Por lo tanto se requería una forma de control social más sutil que implicaba dos elementos: a] el régimen de derecho en los países centrales, combinado con algo de bienestar social para las clases trabajadoras (en suma, liberalismo político), b] compensación por la pérdida de plusvalía global a través de la redistribución en el centro mediante la creación constante de nuevas periferias que contuvieran clases trabajadoras políticamente más débiles que pudieran explotar al máximo (en resumen, la expansión de la economía-mundo y el “imperialismo”)”. Immanuel Wallerstein, Ibíd., pp. 64-66

[21] Para más detalles acerca de la relación entre el “mito organizativo” dominante y las ciencias sociales o el “programa intelectual” de las ciencias sociales para con el “mito organizativo”, véase Ibíd., p. 60 y siguientes.

[22] Wallerstein, en su apartado sobre el desarrollo, plantea preguntas acerca de la investigación acerca del mismo desarrollo, y sus implicancias políticas. Tales preguntas son cinco: 1) ¿el desarrollo es el desarrollo de qué cosa?, 2) ¿qué o quién verdaderamente se ha desarrollado?, 3) ¿cuál es la demanda tras la demanda de desarrollo?, 4) ¿cómo puede ocurrir dicho desarrollo?, 5) ¿cuáles son las repercusiones políticas de las respuestas a las primeras cuatro preguntas? Claro que dichas preguntas, se hacen más bien tomando en cuenta a la economía-mundo en su conjunto y no a los Estados nacionales por separado. Ver Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 116

[23] Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 115

[24] Immanuel Wallerstein (coordinador), Op. Cit. P. 58

[25] Además el concepto de desarrollo, tiene según Wallerstein, dos significados que no son contrapuestos, pero si que tienen que ver el uno con el otro. El primer significado, es de caríz biologicista, y dice así: “los robles crecen a partir de pequeñas bellotas; todo fenómeno orgánico tiene una vida o una historia natural. Comienza de alguna manera; después crece o se desarrolla, y a la larga muere. Pero, dado que también se reproduce, la muerte de un solo organismo nunca representa la muerte de la especie”. El segundo significado de desarrollo, tiene un caríz más bien “aritmético”. En palabras del autor: “el desarrollo con frecuencia significa “más”. En este caso nuestra analogía no es con un ciclo orgánico, sino con una proyección lineal, o por lo menos monótona; y por supuesto las proyecciones lineales continúan hasta el infinito”. Ver Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 117

[26] Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 127

[27] Immanuel Wallerstein, Ibid., p. 128

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