La “crisis perpetua” en América Latina. La curva de poder ascendente del Estado en la periferia latinoamericana

5 11 2009

La circulación de mercancías es el punto de arranque del capital. La producción de mercancías y su circulación desarrollada, o sea, el comercio forman las premisas históricas en que surge el capital. La biografía moderna del capital comienza en el siglo XVI, con el comercio y el mercado mundiales forman las ” [Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, tomo I]

Así, en estos términos, una sociedad nacional es, primero, el producto del tipo de los cambios sociales que se resumen en el término modernización y, segundo, es una forma que, o bien inicialmente ayudó a y posteriormente entró en, o bien resultó históricamente de la (eventual) red global de sociedades ya mencionada. Una sociedad nacional existe siempre ‘dentro’ del contexto específico de una ‘red’ de Estados-naciones” [Immanuel Wallerstein y Terence Hopkins, El estudio comparado de las sociedades nacionales]

El siguiente trabajo expondrá a grosso modo, que la crisis del Estado-nación no es un fenómeno totalmente nuevo como se destaca hoy en día, sino que ha sido una constante histórica y que ha sido puesta en el tapete con la llamada “cuestión de la dependencia”. El Estado-nación moderno, que se origina con la “modernidad” capitalista, siempre ha sido constreñido por el sistema-mundo capitalista, ya sea “políticamente” por el sistema interestatal y “económicamente” por el mercado mundial. Ambas esferas del sistema-mundo efectivamente constriñen el desenvolvimiento del Estado dándole a éste una relativa fortaleza y/o debilidad en el ámbito “externo”, en que la debilidad se expresa en el colonialismo o el neo-colonialismo, mientras que la fortaleza se expresa en el imperialismo y los intentos por romper el equilibrio de poder dentro del sistema-mundo en su conjunto. Cabe destacar que esa relativa fortaleza/debilidad de esta estructura política, está dada en última instancia por la capacidad de acumulación de capital que tenga. Sin embargo, una constante que casi siempre se ha mantenido en el marco de ese sistema ha sido el fortalecimiento del Estado hacia su “interior”, es decir, con respecto a su propio territorio y a su población. Por tanto, la crisis del Estado-nación como tal no es tan así porque aún tiene capacidad para ejercer su imperium por sobre su territorio y población.

El Estado-nación moderno es una institución que surgió luego de la crisis del modo de producción feudal y con la transición al capitalismo. Esta institución se caracteriza por ser centralizadora, cuya centralización se realiza a través de una burocracia civil y de una burocracia militar. Una de las características más importantes del Estado moderno es que de hecho monopoliza el uso legítimo de la violencia, tal como lo mencionaba Weber.1 Pero esa no es la única característica del mismo. Pues, como menciona Jellinek, el Estado moderno tiene un poder de dominación que es irresistible, el cual se llama imperium, y que es definido como “mandar de un modo incondicionado y poder ejercitar la coacción para que se cumplan los mandatos”.2 En suma, es un derecho a mandar, el cual es irresistible. Y ¿por qué es irresistible? Pues, porque nadie puede sustraerse a esa dominación. Todas estas estructuras políticas modernas son coetáneas al capitalismo, y surgieron históricamente con las llamadas “monarquías absolutas”.3 Y a partir de dichos Estados “absolutos” es que el sistema-mundo se configuró “políticamente” en un sistema de Estados. Y por último, se da como característica esencial a esta estructura su soberanía, es decir, que es independiente de cualquier otra unidad política, pero como veremos, la soberanía de la misma nunca es tal.

¿Qué es lo que condiciona la relativa fortaleza de los Estados en el sistema-mundo, y en especial, de la periferia latinoamericana? Desde una perspectiva abstracta, lo que condiciona e incluso constriñe el desenvolvimiento estatal es, a grosso modo, la capacidad de acumulación de capital al interior de cada Estado. Dicha capacidad de amasar capital se debe a la División Internacional del Trabajo, estableciéndose así una producción “periférica” y una producción “central” provocando así el desarrollo diferencial entre las zonas ―y específicamente de las estructuras estatales enmarcadas dentro de la misma área― por medio de la especialización productiva. ¿Por qué? Pues porque hay, de hecho, un intercambio desigual entre ambas zonas. Este intercambio ciertamente, implica “un flujo constante de plusvalía de los productores periféricos hacia los productores de productos centrales”.4 En términos prebischeanos, esto se expresa en que el coeficiente de intercambio entre el centro y la periferia se hace cada vez más desfavorable hacia esta última; es decir: para poder intercambiar materias primas por una determinada cantidad de artículos manufacturados, la periferia cada vez más tiene que producir más mercancías agropecuarias ―so pena de que baje el precio de dicha mercancía― para obtener una determinada cantidad de productos de “alta tecnología”, sean de consumo o medios de producción.5

Pero la relación centro-periferia no solamente tiene como expresión los llamados términos de intercambio. En esta interacción, la competencia económica entre ambas zonas también se manifiesta de manera desigual. Esta competencia económica desigual se da precisamente por la diferencia tecnológica en que los centros al industrializarse comienzan a comportarse como oferta de bienes de “alta tecnología” (de consumo o de capital) dejando a las periferias solamente como mono-productores y mono-exportadores dentro de la División Internacional del Trabajo. Esto significa que el capitalismo a nivel mundial, es esencialmente centrípeto, es decir: todo el progreso tecnológico (las “revoluciones industriales”) tiende a concentrarse en los países centrales.6 Pues a raíz de esa concentración de medios de producción de “alta tecnología”, es que la competencia, entendida a través de los ciclos económicos, afecta gravemente a la periferia. ¿Por qué? Porque el ciclo pone de manifiesto lo que Prebisch llama como estrangulamiento exterior que afecta a las zonas periféricas, claro está que solamente en los períodos de recesión, no en expansiones económicas. Esto es así, “debido al papel dominante que siguen teniendo las exportaciones primarias cuyos precios fluctúan con más intensidad que los de los bienes finales por constituir la primera etapa en el proceso productivo”.7

¿Cómo se define el poder del Estado dentro de los confines del sistema-mundo capitalista? ¿Y para qué sirve?. Pues a nivel muy general, el poder del Estado sirve como palanca de cambio político en la lucha intercapitalista, mejorando la posición de unos en desmedro de otros. Y ¿cómo? En primer lugar, a través del poder jurisdiccional que tiene el Estado, el cual le permite regular la apertura y/o clausura de las fronteras para la circulación de los distintos factores de producción: dinero, capital y fuerza de trabajo. Dicha regulación fronteriza da como consecuencia, que un Estado esté a favor del libre comercio o que sea proteccionista (o mercantilista). Y este último punto genera fricciones, ya que un productor-capitalista que sea eficiente económicamente estará a favor del libre comercio y de que sus mercancías puedan fluir libremente en el mercado mundial; mientras que el productor menos eficiente estará más bien a favor de políticas económicas proteccionistas castigando la producción industrial externa. De ahí que según Wallerstein: “siempre ha habido una presión para imponer restricciones mercantilistas a la libertad de movimientos a través de las fronteras. De ahí que la primera gran lucha [···] tuviera como eje la política estatal de fronteras”.8 En segundo lugar, mediante la regulación de las relaciones sociales de producción, en que el Estado elimina derechos locales y consuetudinarios a favor de un derecho nacional unificado.9 Con ello busca más bien regular las relaciones laborales, ya sea estimulando la proletarización pero al mismo tiempo limitándola.10

En tercer lugar, están los impuestos que son los ingresos del Estado, lo cual no es un dato menor. Y en el contexto de la economía-mundo capitalista, los impuestos han aumentado enormemente hasta constituirse en ingresos normales de esta estructura política en desmedro de otros ingresos como la incautación de bienes tanto interna como externa. El rasgo importante de los impuestos es que son un capital acumulado que también participan en el proceso de producción de capital, y que así como puede ser utilizado para aminorar desigualdades, lo cierto es que se ha usado también para generar y mantener desigualdades.11 Y por último, en cuarto lugar, está el poder del Estado manifestado tanto en las fuerzas de seguridad y orden ―para mantener el orden interno― así como en las Fuerzas Armadas ―para el sistema interestatal―. Cabe destacar que ambas fuerzas tienen diferentes funciones: 1) las fuerzas de seguridad y orden tienen el objetivo de hacer que los trabajadores acepten el orden interno de su país, haciendo que acepten tanto sus roles como las recompensas, y 2) las Fuerzas Armadas “han sido mecanismos mediante los cuales los productores de un Estado han podido influir directamente en la posibilidad de que sus competidores en otros Estados tuvieran que solicitar ,a cobertura protectora de sus propios aparatos de Estado”.12 Sin embargo, y como último punto sobre el poder o capacidad de un Estado, para Wallerstein, su capacidad no se mide de acuerdo al tamaño de la burocracia ni del ejército, sino que “el verdadero criterio para medir su fuerza es su resultado económico a mediano plazo”13 y por la acumulación de capital que pueda hacer en ese lapso de tiempo. Y además, Wallerstein llega a decir que si un Estado ocupa la fuerza para imponer el orden en su interior, eso sería más bien un signo de debilidad que de fortaleza;14 los estados verdaderamente fuertes no tienen que recurrir a la fuerza para solucionar sus conflictos internos.

Lo anterior pareciera, más bien, que fuese un estado de cosas invariado y que careciera de historicidad. Ahora cabe destacar su aspecto dinámico y cómo este sistema-mundo variaba en su devenir histórico, y ergo, cómo ha influenciado el “sistema del mundo” a las estructuras estatales y/o políticas de la periferia latinoamericana. Pero más allá de observar el aspecto “externo” del poder estatal, nos enfocaremos más bien en el ámbito “interno”, que ha sido la constante histórica, y es más: ha aumentado constantemente en el devenir histórico. Cabe destacar que en este período estábamos vinculados políticamente con España y Portugal, y que las decisiones económicas pasaban directa e inevitablemente por los sistemas políticos coloniales de entonces. Esto significa que la auto-legalidad de la esfera “económica” estaba, en aquel entonces, subsumida a la auto-legalidad de la esfera “política”. Además, esto significa en última instancia que no existían Estados “independientes” en el continente americano. No obstante lo anterior, a pesar de que las Américas hispano-lusitanas lograsen sus “independencias” políticas a comienzos del siglo XIX, ello no significó el desprendimiento de esta periferia con respecto al sistema-mundo capitalista y de sus esferas “política” (sistema interestatal) y “económica” (mercado mundial). Lo único que significaron los procesos de “independencia” fue que la auto-legalidad “económica”, de los Estados recientemente independizados, se separara de la auto-legalidad de la esfera “política” de la antigua metrópoli. Y esto, tuvo como consecuencia, que las esferas “política” y “económica” ―de tipo “colonial”― tuvieran como base los propios Estados sin que influya directamente el sistema político de otros países.

En el período colonial, como puede verse, al momento de recesiones económicas como en el siglo XVII,15 España y Portugal se transformaron en semiperiferias declinantes, con sus respectivas periferias. Esto significó que ambos Estados coloniales se debilitaran en el transcurso de este siglo, así como que las cadenas de mercancías periféricas dentro de ambos imperios dejaran de ser “mundiales” y se tornaran “regionales” o “inter-coloniales”.16 Para España y Portugal en cambio, ello significó que ambos Estados se transformaran literalmente en “cadenas de montaje” de Francia e Inglaterra respectivamente, y que éstos dos últimos países pudieran participar legal o ilegalmente, en el comercio con las colonias hispano-lusitanas. El poder de los Estados en la periferia, era bastante difícil de estabilizar: “el poder de estos Estados en relación a las fuerzas internas regionales y aristocráticas era ambiguo: lo menos que se puede decir es que era un dominio de constante lucha. La aristocracia continuó dominando la administración del Estado”.17 Aunque lo anterior no quiere decir mucho, puesto que en particular, a raíz de la contracción económica mundial, los grupos que fueron perjudicados por la misma fueron: “los españoles, que controlaban las actividades productivas, y el Estado, que cobraba impuestos de tales españoles”.18 Y esto quiere decir, que efectivamente la presencia del Estado español fue menor en este período de crisis. No obstante, ello no significa que las aristocracias locales no tuvieran un control efectivo sobre el territorio y las poblaciones de las zonas periféricas. De hecho, las recesiones económicas durante la Colonia, en las Américas españolas implican precisamente el fortalecimiento del poder político a nivel “local”, en desmedro del poder político a nivel “central” o “metropolitano”.

Por lo tanto, y en una perspectiva a largo plazo, el poder “político” de las élites locales, en las periferias, se va acrecentando y no disminuyendo. Esta es una tendencia asintótica secular ―que de hecho afecta a todas las áreas de la economía-mundo― en que el poder estatal, en los niveles locales, va siempre en aumento: “en consecuencia, una de las principales tendencias seculares del sistema-mundo moderno desde el principio [···] fue un lento y sostenido incremento en el poder real del estado”.19 Entonces, el poder estatal en el sistema-mundo tiene ciertos límites estructurales, los cuales están determinados por el tamaño geográfico de los mismos, ya que si una unidad territorial política es demasiado grande y más aún si están separados por un océano. Por ende, la mantención de un orden político centralizado y homogéneo se hace más difícil para la metrópoli. Y sí una unidad política es demasiado grande, entonces los costos económicos para mantener un imperio colonial se hacen cada vez más agobiantes, y de eso estaban al tanto los imperios coloniales.20 Consiguientemente, si el poder central tiene de hecho ―aunque de iure tenga la primacía― poco poder efectivo por sobre sus colonias, entonces las élites locales estarán con más capacidad de acción efectiva para realizar sus actividades económicas, así como para regular las relaciones de producción y circulación como estimen conveniente. Y sí a largo plazo, el poder político local se fortalece, cuando el poder central intenta “reconquistar” su imperio, es decir, unificar nuevamente las esferas “política” y “económica” nuevamente, es cuando empiezan a surgir quiebres al interior de la élite de los imperios coloniales hispano-lusitanos.

Esta tendencia a la fragmentación política de las periferias del sistema-mundo fue catalizada de hecho, por los intentos de “reconquista” que efectuaron tanto el imperio español como el portugués, y mucho antes que estos dos, el británico. Aunque los medios de re-centralización imperial fueron muy distintos en todos los casos, y no profundizaremos mucho en ello. Dichos intentos de re-centralización de los imperios coloniales, se realizaron por diferentes medios, aunque en particular nos seguiremos refiriendo al imperio español. La Corona española, realizó en la segunda mitad del siglo XVIII una labor contradictoria para con sus colonias y con respecto a los diferentes súbditos al interior. En primer lugar, España promulgó el libre comercio intraimperial ―no hacia el mercado mundial― que tenía estos alcances: “una considerable libertad para el comercio entre las colonias españolas, la eliminación del monopolio peninsular español de los puertos de Sevilla y Cádiz y la autorización a los colonos españoles para que transportaran las mercancías desde las colonias españolas a los puertos españoles”.21 Y en segundo lugar, esa la libertad en la esfera “económica” fue opacada por la re-centralización político-administrativa a través de las llamadas “reformas borbónicas” que, en última instancia tenía, como objetivo eliminar el tradicional dicho “se obedece pero no se cumple”.22 Es decir, tenía como meta, eliminar la descentralización político-administrativa que existía de hecho a raíz de la previa contracción económico mundial. No obstante, otra paradoja con respecto al accionar del imperio español tuvo que ver con las diferencias de iure con las de facto entre peninsulares, es que a pesar de la igualación jurídica entre los súbditos, lo cierto es que se acentuaron entre los peninsulares y los criollos, siendo éstos últimos los perjudicados por las reformas borbónicas.23

Por consiguiente, ya en esta época se estaba llegando a una franca dicotomía entre las esferas “política” y “económica” dentro del imperio español, llegando incluso a ser antagónica, puesto que la “re-conquista” de las colonias llevó a que los intereses político-económicos del imperio sean asumidos por todos sus súbditos. Esto a la larga llevó a los llamados procesos de “independencia” en el continente americano. ¿Por qué se tuvo que llegar a la separación política? Pues, porque en definitiva, los Estados, en el marco de una economía-mundo capitalista funcionan como palancas de poder para los productores y mercaderes capitalistas. La lucha intercapitalista entre criollos y peninsulares llegó a tal punto que el imperio se hacía insostenible. Por tanto, si los capitalistas criollos deseaban que sus decisiones económicas no estuvieran condicionadas por el sistema colonial de entonces y que se realizaran sin tomar en consideración a los capitalistas peninsulares, tenían que realizar inevitablemente procesos de independización política, pero de tal forma para que no se perdieran los vínculos con el sistema-mundo capitalista. En este sentido, la “descolonización” de América en el principio del siglo XIX difirió bastante de la descolonización africana del siglo XX,24 por la sencilla razón de que los capitalistas criollos no querían que sus procesos de independización fuesen como la “independencia” de Haití,25 ni como la “revolución social” protagonizada por Túpac Amaru,26 en el Perú, por dar unos ejemplos.

De esa manera, los procesos de independencia en América Latina y Anglosajona, excepto en Haití, fueron encabezados por la población blanca, siendo excluidos ―como decisores en el proceso― la población india, negra y mulata. La configuraron los Estados-nación latinoamericanos y su consiguiente “soberanía” política fue establecida por fin de iure. Pero como dijimos previamente: el que los Estados latinoamericanos se hayan independizado políticamente de sus ex-metrópolis, es decir: que las decisiones político-administrativas ya no tengan efectos jurídicos ―y que por eso sean forzosos― no significa que los Estados recién constituidos sean de hecho inmunes a lo que sucede en el sistema-mundo capitalista ―ya sea en el sistema interestatal o en el mercado mundial―. Lo único que significó este proceso fue que las élites locales hayan fortalecido aún más su poder político, pero no solamente a nivel local, sino que a un nivel “nacional”. Y ¿para qué? Para que pudieran formar parte aún de la economía-mundo capitalista pero con la diferencia de que no mediara un poder político externo. Esto implicaba para Cardoso y Faletto en primer lugar: “mantener bajo control local el sistema productivo exportador heredado del sistema colonial, que constituía el vínculo principal con el exterior y la actividad económica fundamental”.27 Y en segundo lugar, significaba que se establecería un sistema de alianzas con grupos sociales de otros países, para así mantener el vínculo con el mercado mundial y, que ello garantizara el orden interno en los Estados-nación recién constituidos.28 Este orden basado en el sector mono-exportador se mantuvo así hasta mediados del siglo XX, cuando empezó la política económica ISI (Industrialización y Sustitución de Importaciones).

Como se vio, el poder del Estado “hacia adentro” realmente se consolidó a lo largo del “capitalismo histórico” en América Latina. En realidad la “crisis” del Estado-nación no es tal, sino que desde que existe ha estado sometido a los vaivenes de la economía mundial y ha salido airoso de aquellas. Es más: la recesión económica del siglo XVII ayudó de hecho a que hubiese una primera proto-fragmentación del poder político a favor de las élites locales de las colonias ―que de hecho en el largo plazo llevó a la futura constitución de Estados-nación en América Latina―. Este proceso fue coadyuvado por el intento de “reconquista” política que llevaron a cabo las potencias coloniales del momento ―Gran Bretaña, Francia, España y Portugal― que agudizaron la lucha intercapitalista latente en aquellos territorios. Es decir: cuando la esfera “política” subsume a la esfera ”económica” es cuando surgen más conflictos al interior de una determinada estructura política, y más aún si es que se ha vivido una descentralización política ―de facto― que implicara que las decisiones económicas no pasaran por el poder metropolitano.

¿Y por qué la “crisis perpetua”? Pues en primer lugar, porque los procesos de desarrollo económico están limitados estructuralmente: el sistema-mundo capitalista como tal, es un sistema cerrado y por tanto, es imposible que un gran número de países ascienda en la jerarquía del sistema-mundo sin perjudicar a otro. Para que una estructura política ascienda ―hacia la semi-periferia o hacia el centro― tiene que hacer descender a otro. En segundo lugar, y a raíz de lo anterior: como la economía-mundo capitalista se basa en una relación centro-periferia la cual está definida por la División Internacional del trabajo, esto implica que los países periféricos transfieren plusvalía hacia los países centrales, puesto que aquéllos para poder intercambiar bienes agropecuarios por bienes manufacturados de “alta tecnología”, tienen que producir más bienes recurriendo a la sobreexplotación de la fuerza de trabajo periférica para que así los términos de intercambio no se tornen desfavorables hacia la periferia. Y en tercer lugar, como la periferia produce mayormente bienes primarios, el desarrollo periférico depende eminentemente de la demanda central por tales mercancías. Entonces, si la demanda central por bienes primarios desciende, entonces eso genera una caída en los ingresos para los Estados periféricos, y que su posición relativa en el sistema-mundo sea mermada. La “crisis permanente” entonces, sólo alude al ámbito “externo” ―el sistema interestatal y del mercado mundial― de la cual, sólo incide la capacidad de acumulación de capital, pero de ninguna forma al territorio y población de cada Estado: esta estructura política no ha perdido el monopolio legítimo ―se podrá discutir hasta qué punto es legítimo― del uso de la violencia ni el imperium ―el derecho de mandar―.

Autores: Luis Garrido

Ignacio Guzmán

1 “Desde el punto de vista de la consideración sociológica, una asociación ‘política’ y en particular un ‘Estado’ no se puede definir por el contenido de lo que hacen. En efecto, no existe apenas tarea alguna que una asociación política no haya tomado alguna vez en sus manos, ni tampoco puede decirse de ninguna, por otra parte, que la política haya sido exclusivamente propia de aquellas asociaciones que de designan como políticas, y hoy como Estados, o que fueron históricamente las precursoras del Estado moderno. Antes bien, sociológicamente el Estado moderno sólo puede definirse en última instancia de un medio específico que, lo mismo pese a toda asociación política, le es propio, a saber: de la coacción física [···] Porque lo específico de la actualidad es que las demás asociaciones o personas individuales sólo se les concede el derecho de la coacción física en la medida en que el Estado lo permite. Éste se considera, pues, como fuente única del ‘derecho’ de coacción”. Max Weber, Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, Fondo de Cultura Económica, 2ª edición, 1964, 16ª reimpresión, México p. 1056

2 Georg Jellinek, Teoría general del Estado, Fondo de Cultura Económica, 1ª edición, 2000, México, p. 396

3 “Los historiadores hablan de la emergencia de las ‘nuevas monarquías’ en Inglaterra, Francia y España a fines del siglo, en el preciso momento que aparece el sistema-mundo moderno. En lo que hace al sistema interestatal, sus antecedentes son atribuidos al desarrollo de la diplomacia renacentista en la península italiana, y su institucionalización es considerada por la mayoría como la Paz de Westfalia en 1648”. Véase Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo. Una introducción, Siglo XXI, 2ª edición, 2006, México, p. 64

4 Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, p. 46

5 “Por ejemplo, si los términos del intercambio descendieran de 100 a 150, ello nos indicaría que con la misma cantidad de productos primarios que antes, se podría adquirir ahora un 50 por ciento más de artículos industriales. Los productores primarios se encontrarían de tal suerte en igualdad de condiciones que los industriales para compartir con ellos el fruto del progreso técnico, pues podrían adquirir mayores cantidades de artículos y de mejor calidad. Sin embargo, si a pesar del mayor descenso de costo en los artículos industriales, el índice de la relación de precios se mantuviese en 100, querría decir que los productores industriales habrían conservado en su provecho las ventajas de la mayor cantidad y mejor calidad de artículos manufacturados; y si el índice cayera por debajo de 100, significaría que los productores primarios no sólo no han recibido parte del fruto de la mayor productividad industrial, sino que no han podido retener para si todo el provecho de su propio progreso técnico, por haber tenido que ceder parte de él a los productores industriales”. Véase CEPAL, Cincuenta años de pensamiento en la CEPAL, CEPAL, “Estudio económico de América Latina, 1949”, Fondo de Cultura Económica, 1ª edición, 1998, Chile, pp. 137-38

6 “Explícase así en gran parte la tendencia inmanente al desequilibrio externo que se ha presentado y sigue presentándose en el desarrollo periférico: se ha tratado de contrarrestar esta tendencia con la sustitución de importaciones primero, y después con la exportación de manufacturas”. Véase Raúl Prebisch, Capitalismo periférico. Crisis y transformación, Fondo de Cultura Económica, 1ª edición, 1981, 2ª reimpresión, 1987, México, pp. 37-38

7 Raúl Prebisch, Ibíd., p. 196

8 Immanuel Wallerstein, El capitalismo histórico, Siglo XXI, 6ª edición, 2006, México p. 39

9 “Los Estados controlaban las relaciones de producción. Primero, legalizaron y más tarde proscribieron ciertas formas de trabajo forzoso (esclavitud, obligación de trabajar en obras públicas, servidumbre temporal, etc.). Crearon reglas que regían los contratos de trabajo, incluyendo garantías y obligaciones recíprocas mínimas y máximas. Decretaron los límites de la movilidad geográfica de los trabajadores no sólo fuera de sus fronteras sino también dentro de éstas”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., pp. 41-42

10 “en el capitalismo histórico los Estados han legislado de una forma que incrementa la mercantilización de la fuerza de trabajo, aboliendo diversos tipos de restricciones consuetudinarias a los movimientos de los trabajadores de un puesto a otro. Además, imponían a los trabajadores unas obligaciones fiscales en metálico que a menudo obligaban a ciertos trabajadores a realizar un trabajo asalariado. Pero, por otra parte, como ya hemos visto, los Estados, mediante sus acciones legales, a menudo obstaculizaban también una plena proletarización al imponer limitaciones residenciales o al insistir en que los grupos de parentesco conservaran ciertos tipos de obligaciones hacia sus miembros en materia de asistencia”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 41

11 Cf. Immanuel Wallerstein, Ibíd., pp. 42-43

12 Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 45

13 Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 46

14 “El uso abierto de la fuerza por parte del aparato de Estado para controlar a sus propios trabajadores, técnica costosa y desestabilizadora, es con más frecuencia un signo de debilidad que de fuerza”.Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 46

15 “La fase B de la logística de 1450-1750 es incluso más diferente de la logística de 1100-1450 que la fase A. En vez de un declinamiento de la población, comercio y tierra bajo el cultivo, hubo estagnación como se calculó a lo largo de Europa; y este estancamiento global era un vector de muchas curvas -algunas zonas expandiéndose, algunas manteniendo el nivel e incluso otras declinando. En términos de ambos: los aparatos políticos y de las obligaciones de los trabajadores rurales hacia sus señores, en vez de las tendencias de la fase A siendo revertidas por la fase B (como había sucedido en 1100-1450), las tendencias de la fase A de 1450-1750 fueron reforzadas en la fase B. Las obligaciones de la servidumbre se hicieron incluso más grandes en Europa oriental, y los Estados incluso más débiles, etc.” Véase Immanuel Wallerstein, “The ‘Crisis of the Seventeenth Century’”, New Left Review, Nº 110, Julio-Agosto 1978, Gran Bretaña, p. 67.

“La plata, la principal exportación de Hispanoamérica en el siglo XVI, alcanzó un techo entre 1590 y 1630; a partir de esta fecha las cifras muestran un fuerte y brusco descenso”. Véase Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial II. El mercantilismo y la consolidación de la economía-mundo europea 1600-1750, Siglo XXI editores, 5ª edición, 2007, México, p. 206

16 “Dado que los cereales americanos (a diferencia de los de Europa oriental) no eran utilizados como exportación de la periferia al centro, se suele suponer que su producción no tenía carácter capitalista [···] Lo que sí queremos sugerir, sin embargo, es que el mercado tenía unos límites regionales y que no era rentable ir más allá de estos límites en una época de contracción económica mundial”. Véase Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial II, pp. 209-210

17 Immanuel Wallerstein, “The ‘Crisis of the Seventeenth Century’”, p. 71

18 Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial II, p. 208

19 Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, p. 65

20 “El segundo problema paralelo para ambos gobiernos [británico y español] era la creciente carga financiera de la maquinaria estatal y por consiguiente ambos intentaron aumentar los impuestos en las colonias después de 1763.” Véase Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial III. La segunda era de gran expansión de la economía-mundo capitalista 1730-1850, Siglo XXI editores, 2ª edición, 2006, México, p. 298

21 Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 297

22 “La contrapartida de la liberación del comercio intraimperial era una mayor administración real del imperio por parte de la metrópoli: El espíritu de la burocracia imperial colonial española bajo los Habsburgo era el de ‘obedezco pero no cumplo’. Los borbones, empezando con Carlos III, estaban decididos a tratar de cambiar esto”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 298

23 Esta paradoja aparente se derivaba del hecho de que al mismo tiempo que el gobierno español reducía las diferencias en los derechos comerciales de las personas residentes en la España peninsular y los de las colonias, aumentaban las diferencias de facto entre los derechos de los españoles peninsulares residentes en las colonias y los de los criollos coloniales”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibidem

24 “Esta descolonización de América se produjo bajo la égida de los pobladores europeos, con la exclusión no sólo de las poblaciones amerindias, sino también de los africanos trasladados”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 269

25 “El estallido de la Revolución francesa en 1789 fue perturbador, pero lo fue aún más el hecho de que el estallido de la revolución en Francia desencadenara en St. Domingue un proceso que tendría como resultado la creación de la primera república negra en el sistema-mundo moderno [···] La guerra racial no era lo que deseaban los colonos blancos cuando buscaban su autonomía racialmente pura. Tampoco era lo que deseaban los revolucionarios franceses de París, pues para ellos el principio de ‘conservación territorial’ seguía siendo poderoso. Tampoco era lo que deseaban las personas de color libres ―muchas veces mulatos ricos y propietarios de esclavos― cuando reivindicaron su igualdad de derechos. Pero fue impuesta por los propios esclavos negros, en lo que no puede sino considerarse como la rebelión de esclavos de mayor éxito de la historia de la economía-mundo capitalista”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., pp. 334, 336-337

26 “La rebelión de Túpac Amaru fue suprimida mediante una combinación de concesiones [···] y la fuerza militar. Pero la importancia de la rebelión estriba en sus consecuencias políticas para Hispanoamérica. Los indios ‘perderán de manera definitiva toda iniciativa en la gestación de las revueltas más significativas’. Y la razón fue que la extensión, éxito inicial y fuerza de la rebelión de Túpac Amaru aterrorizó completamente a los blancos. No volvería a haber más ‘adhesiones’ de blancos y cuasiblancos a tales rebeliones después de 1780”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 309

27 Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Dependencia y desarrollo en América Latina. Ensayo de interpretación sociológica, Siglo XXI editores, 1ª edición, 2003, 2ª reimpresión, 2007, Argentina, pp. 40-41

28 “En disponer de un sistema de alianzas políticas entre los varios sectores sociales y económicos de las antiguas colonias que permitiera, al grupo que aseguraba las relaciones con el exterior ―con el mercado internacional y naturalmente con los estados nacionales de los países centrales―, un mínimo de poder interno para que la nación pudiera adquirir estabilidad y se constituyera como expresión política de la dominación del sector productivo-exportador”. Véase Fernando Henrique Cardoso y Enzo Faletto, Ibíd., p. 41


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