Esbozo de sociología histórica del derecho internacional. El derecho internacional en el marco del sistema-mundo capitalista

5 05 2010

Introducción

El siguiente trabajo pretende plantear cuestiones con respecto al derecho internacional que traspasen lo meramente jurídico, es decir: que vaya más allá de lo que dicen las normas jurídicas en cuanto tales. Aquí lo que se pretende dilucidar es ver el rol que tiene el derecho internacional —o la problemática que aborda ese ordenamiento: las relaciones entre Estados— dentro de los confines de la economía-mundo capitalista. Se desea abordar esa temática desde esa perspectiva porque se tiene por supuesto que el derecho internacional “moderno” surge con el llamado sistema interestatal. Sin embargo, cuando se explica el fenómeno histórico de este ordenamiento jurídico, se le ignora en relación al capitalismo. Es decir, al capitalismo —ya sea como “modo de producción”— no es tomado en cuenta como una de las condicionantes en el surgimiento del derecho internacional. En suma, en el siguiente ensayo se pretende: 1) justificar el nexo que existe entre el derecho internacional por un lado, con el sistema interestatal y el capitalismo mundial por el otro; y, 2) tratar de dilucidar y comprender el rol específico que tiene el derecho internacional en el marco del sistema-mundo capitalista.

Cabe hacer aquí ciertas aclaraciones con respecto al siguiente ensayo. En primer lugar, los enfoques adoptados. Para realizar este escrito y esta investigación se recurrió a enfoques que académicamente podrían catalogarse de “heterodoxos”, ya que se intenta proporcionar una visión “materialista” del derecho internacional. Es decir, acá se plantea que hay que ver cuál es el trasfondo real de dicho ordenamiento jurídico que regula las relaciones interestatales. Los enfoques utilizados para el trabajo fueron eminentemente dos: en primer lugar, el materialismo histórico o más conocido como marxismo, y en segundo lugar el llamado análisis de sistemas-mundo. Ambos enfoques tienen la gracia —a nuestro parecer— de ser particularmente sospechosos con respecto a la realidad histórico-social. Y ¿con respecto a qué son sospechosos? Pues el materialismo histórico con respecto a quiénes son los beneficiarios en una determinada formación social, y el análisis de sistemas-mundo —que también comparte esa sospecha sobre los beneficiarios— son más bien sospechosos en otro sentido: en el sentido de cuestionar ciertas premisas dominantes en las ciencias sociales. Quizás, por adoptar esos enfoques para analizar el derecho internacional, se me pueda acusar de “economicista”, que en ese caso preferiría que se tildara mi perspectiva de “materialista” porque se intenta ver en cuando a las “condiciones materiales” de dicho ordenamiento. En segundo lugar, quisiera decir algo en cuanto a las preferencias políticas. Quisiera aclarar que parto de una visión de izquierda del asunto, y que ciertamente, por ello mi trabajo sí es sesgado políticamente. Y por último, plantear ciertas limitaciones con respecto al trabajo, que limitaron bastante el resultado. ¿Cómo qué cuestiones? Pues, por ejemplo, el no haber podido leer a los “padres fundadores” del derecho internacional, así como tratados internacionales para notar y ver cambios en los principios que se consagran en dichas fuentes. Ciertamente me he basado más en fuentes “secundarias”.

I. El nexo entre derecho internacional y el moderno sistema mundial

El derecho internacional en tanto que tal es un fenómeno moderno. ¿Cómo se justifica tal afirmación? Pues porque antes de los “tiempos modernos” no existía un sistema de Estados, así como tampoco un sistema económico de carácter mundial que obligara a las distintas estructuras políticas a mantener un contacto permanente entre ellas que no fuese la guerra. En ese sentido Max Weber tiene razón al plantear que tanto el capitalismo como el Estado moderno surgieron simultáneamente.1 Pero ¿por qué existe ese vínculo? Porque las estructuras políticas pre-capitalistas de carácter imperial al ser extensivas territorialmente tendían a consumir demasiados recursos en la misma estructura estatal: burocracia civil y militar . Lo anterior quería decir que: “La centralización política de un imperio constituía al mismo tiempo su fuerza y su mayor debilidad. Su fuerza se basaba en el hecho de que garantizaba flujos económicos desde la periferia hacia el centro por medio de la fuerza (tributos e impuestos) y de ventajas monopolísticas en el comercio. Su debilidad yacía en el hecho de que la burocracia necesaria para su estructura política tendía a absorber un exceso de los beneficios, especialmente cuando la represión y la explotación originaban revueltas que aumentaban los gastos militares”.2 No obstante lo anterior, el moderno sistema mundial capitalista no surgió de la desintegración de un imperio, sino que apareció luego de la crisis del modo de producción feudal.3 Y ¿cómo eran las estructuras políticas feudales? Los “Estados” feudales se caracterizaban por tener una complicada red de vasallaje en dónde no existía una autoridad central lo suficientemente fuerte, ya que no siempre coincidía la soberanía con el poder de facto de un determinado Estado en el feudalismo. En opinión de Perry Anderson, el feudalismo se definía “originariamente por una unidad orgánica de economía y política, paradójicamente distribuida en una cadena de soberanías fragmentadas a lo largo de toda la formación social”.4 En suma, el moderno sistema mundial capitalista difiere tanto de las estructuras políticas pre-capitalistas, puesto que: 1) no es un imperio, ya que no hay una autoridad política centralizada, y 2) porque tampoco se compone de múltiples estructuras políticas que tengan soberanía que jurídicamente fuese igualmente válida.

Por lo tanto, si ninguna de esas estructuras políticas define al moderno sistema-mundo capitalista, entonces ¿de qué tipo de estructuras políticas está compuesta? Wallerstein proporciona una respuesta muy clara a ese respecto: “[el sistema-mundo capitalista] comprende dentro de sus límites (es difícil hablar de fronteras) imperios, ciudades-Estado, y las emergentes ‘naciones-Estado’”.5 A eso habría que agregar que los emergentes Estados-nación que mencionaba Wallerstein se irán convirtiendo en la norma a través del devenir histórico de este sistema social, lo que en pocas palabras dará como resultado el surgimiento del sistema interestatal tal como lo conocemos hoy en día. El Estado-nación —o Estado moderno weberiano— surgió precisamente en los comienzos del mundo moderno en que, el contexto del gradual debilitamiento de la servidumbre tuvo como resultado “un desplazamiento de la coerción política en un sentido ascendente hacia una cima centralizada y militarizada: el Estado absolutista”,6 es decir: el fortalecimiento efectivo del rey. La conformación del Estado moderno se realizó pues a través de las monarquías absolutas de los siglos XVI, XVII y XVIII. En general, para que aquello fuese así, el monarca tuvo que resolver ciertos problemas: “[Los monarcas] Utilizaron cuatro mecanismos fundamentales: burocratización, monopolización de la fuerza, creación de legitimidad y homogeneización de la población súbdita”.7 Dentro de esas cuatro, las que consideramos más importantes en este sentido, y que aún perduran hoy en día, son las primeras dos, es decir: 1) la burocratización, y 2) la monopolización del uso de la fuerza, ambas por parte del Estado. La burocratización fue importante porque implica el establecimiento de un cuadro administrativo que asiste la labor del rey (y ahora del ejecutivo).8 Además fue importante porque de ahí en adelante “habría de alterar fundamentalmente las reglas del juego político, asegurando que en adelante las decisiones de política económica no pudieran ser tomadas fácilmente sin pasar a través de la estructura del Estado”.9 Y pues, esa monopolización de la política económica por parte del Estado es un dato no menor. Por otra parte, la monopolización del uso de la fuerza vino de la mano con el proceso anterior de burocratización, solo que en este se refiere más bien a la burocracia militar no la civil. Este último proceso tuvo que ver entonces con el reclutamiento de dicha gente,10 los cuales al igual que la burocracia civil, eran comprados indirectamente para el monarca.11

Pues como lo mencionan muy bien Perry Anderson e Immanuel Wallerstein: al mismo tiempo que se fortalecía el poder estatal efectivo hacia arriba en la figura del monarca —y que en el transcurso de la modernidad quedó en la figura del poder ejecutivo— las clases dominantes de los nacientes Estados modernos estaban también recurriendo a las viejas fórmulas y preceptos jurídicos del Derecho Romano. Aquí cabe destacar que el antiguo Derecho Romano tuvo una funcionalidad doble: 1) fortalecer jurídicamente el poder del Estado, es decir, establecer el imperium a favor del monarca;12 y 2) definir, o mejor dicho, cristalizar las relaciones mercantiles a través de derechos de propiedad, al interior de los mismos Estados-naciones emergentes. Lo primero se estableció según Anderson, por medio de la recepción de la idea de imperium, la cual fue atractiva para aquellos que deseaban formar una estructura política centralizada. Esto se materializó, por ejemplo, con “la famosa máxima de Ulpiano —quod principi placuit legis habet vicem, ‘la voluntad del príncipe tiene fuerza de ley’— se convirtió en un ideal constitucional en las monarquías renacentistas de todo el Occidente”.13 Y junto con la anterior estaba la fórmula ab legibus solutus, lo cual quiere decir en pocas palabras que el monarca imperaba por sobre cualquier ley y que consiguientemente, podía derogar cualquier ordenamiento medieval.14 No obstante, los preceptos políticos del Derecho Romano no solamente servían para añadir atribuciones al monarca: “el derecho romano era el arma intelectual más poderosa que tenían a su disposición para sus característicos programas de integración territorial y centralismo administrativo”.15 En suma, el fortalecimiento jurídico del monarca se realizó con el fin político último de lograr la unificación de territorios medianamente extensos bajo una única estructura política centralizada.

Ahora bien, con respecto al segundo uso que se le dio al Derecho Romano, este último no provino de las fórmulas políticas de éste sino de las formas de propiedad que cristalizaban. En este sentido, el Derecho Romano Privado —o más específicamente el Corpus Juris Civilis— sirvió para eliminar las formas de propiedad feudales que se caracterizaban por establecer múltiples derechos sobre un mismo pedazo de tierra sin la exclusividad de uno por sobre otros.16 Consecuentemente esa gradación diferenciada de la propiedad fue paulatinamente abolida, mediante muchos mecanismos. Y el uso de la propiedad privada no fue tal hasta el mundo moderno, puesto que las condiciones materiales pre-capitalistas no la justificaban: “hasta que la producción y el intercambio de mercancías no alcanzaron unos niveles semejantes o superiores a los de la Antigüedad —tanto en la agricultura como en las manufacturas— los conceptos jurídicos creados para codificarlos no pudieron encontrar de nuevo su propia justificación”.17 Todos los preceptos jurídicos de la propiedad privada volvieron a ser operativos y más adelante a ser dominantes desde la transición del feudalismo al capitalismo; es decir, a medida que aumentaban las relaciones mercantiles primero en la agricultura y después en torno al mar. En el campo, la propiedad privada volvió a operar por medio de la fórmula superficies solo cedit (“propiedad de la tierra singular e incondicional”) “precisamente a causa de la expansión de las relaciones mercantiles en el campo”.18 Lo mismo pasó y aún con más rapidez en el entorno urbano en que aquellos preceptos jurídicos de la propiedad privada eran usados ya en el derecho protomercantil y en el derecho marítimo de la época.19

Este es el trasfondo histórico en que surge el derecho internacional “moderno”. La crisis del modo de producción feudal tuvo como consecuencia la transición hacia el modo de producción capitalista. Esto implicó que surgiera simultáneamente un sistema de Estados y un mercado mundial o, en otras palabras: el sistema-mundo capitalista, en donde el derecho internacional sería aplicado. Todo ello significa dejar de lado los ordenamientos jurídicos pre-modernos (o pre-capitalistas) los cuales no proporcionaban una seguridad jurídica para llevar a cabo la acumulación de capital. Y dentro de los cambios que se tuvo que realizar para lograr una dicha seguridad jurídica era precisamente el abandono de las estructuras políticas “feudales”, es decir, dejar atrás la fragmentación política de dichas unidades y la consiguiente concentración de atribuciones en manos de la autoridad central: el monarca, y la centralización administrativa del Estado. Simultáneamente, se estaba reviviendo el derecho mercantil romano también con la finalidad de eliminar la gradación escalonada de la propiedad de la tierra, y para proporcionar certeza en el entorno urbano y marítimo. Cabe destacar que este doble proceso en la conformación del moderno sistema mundial, benefició a las clases altas: a las que pudieron salir adelante de la crisis de modo de producción feudal y que posteriormente lograron convertirse en capitalistas.

II. El rol del derecho internacional en el sistema-mundo capitalista

Para entender el rol del derecho internacional dentro del seno del sistema-mundo capitalista, primero hay que entender someramente al capitalismo como tal. Generalmente, se comprende al capitalismo como un modo de producción de carácter anárquico, ya que el funcionamiento de este sistema dependería de cada unidad económica en aras de la acumulación capitalista (expresada en utilidades). Es decir, para Robert Brenner “el capitalismo tiende a desarrollar las fuerzas productivas a un grado sin precedentes y que tiende a hacerlo en forma destructiva porque es competitivo y no planificado”.20 El capitalismo desde esa perspectiva es un modo de producción que promueve la competencia irrestricta entre los distintos capitalistas, tanto a nivel nacional como internacional como si fuese indiferente al poder político. Pareciera que la competencia capitalista horizontal fuese de tal manera que no existiesen reglas. Immanuel Wallerstein, admite que la lucha intercapitalista también se da a todo nivel y que tendría un carácter relativamente anárquico: “empresario contra empresario, sector económico contra sector económico, empresarios de un Estado o grupo étnico contra empresarios de otro: la lucha ha sido incesante por definición”. 21 No obstante, a diferencia de Brenner, Wallerstein afirma que la lucha intercapitalista está inevitablemente vinculada con la lucha política, o sea, en relación al poder estatal. ¿Y por qué en relación al poder estatal? Puesto que, el mercado mundial —y los mercados nacionales a su interior— no son creaciones espontáneas ni naturales. Son instituciones constantemente intervenidas y reguladas por el poder del Estado, a fin de beneficiar a ciertos grupos a costa de otros.22 Más adelante veremos cómo los Estados intervienen para modificar tanto el mercado nacional como el mundial.

El capitalismo, por consiguiente no es un modo de producción anárquico, sino que tiene mucho que ver con la lucha política —y como veremos, también con el ordenamiento jurídico internacional—. No obstante lo anterior, el capitalismo tampoco es algo completamente organizado o planificado, sino que tiene ambos elementos simultáneamente. En el capitalismo como tal: “en realidad, mercado y organización se entremezclan y engloban mutuamente en todos los niveles de la estructuración social”,23 es decir el Estado y la economía se influencian recíprocamente. Esa caracterización doble del capitalismo no tiene porque asociarse tajantemente con los sectores mercantil y no-mercantil dentro de una formación social, es decir, lo mercantil no necesariamente va asociado a lo anárquico y lo no-mercantil a lo planificado, sino que es mixto.24 En este sentido, lo que es mercantil —o lo que es “económico”— está inevitablemente constreñido por el polo organizacional del capitalismo, ya que cada unidad económica está enmarcada dentro de los límites de un Estado-nación, ya que aquellas están “referidas a ciertos objetivos definidos socialmente y coexistiendo con esos medios. Es así efectivamente como existen economías nacionales”.25 Y a su vez, las distintas economías nacionales hacen competencia económica entre sí pero no de manera anárquica (o mercantil) ya que “pueden estar sometidas a formas mundiales de planificación. Tal como lo muestran las primeras reglamentaciones ecológicas”.26 Sin embargo, aquí no nos referimos a la planificación técnica de la competencia económica, sino que nos referiremos a algo más general que es el ordenamiento jurídico internacional que, sostenemos, es funcional al modo de producción capitalista. Si la institucionalidad burguesa-capitalista hace posible la conformación de un mercado nacional por medio de: “ciertas estructuras organizacionales (leyes, propiedad privada, contratos y seguridad monetaria, esto es, de forma dinero). Un Estado fuerte armado con fuerzas policiales y el monopolio sobre los instrumentos de violencia puede garantizar ese marco institucional y proporcionarle dispositivos constitucionales bien definidos”;27 entonces parafraseando a David Harvey: si el funcionamiento de las economías capitalistas a nivel nacional es más favorable dentro de ciertas reglas, entonces el derecho internacional cumple ese mismo rol en el conjunto del sistema-mundo capitalista. Ahora veremos por qué.

a) El derecho internacional como regulador del conflicto interimperialista

Aquí se quiere hacer notar que el derecho internacional no nace de una voluntad común universal: “el sistema-mundo capitalista no presupone ningún contrato social presumiblemente instituido por una voluntad supuestamente común, con exclusión de la violencia privada”.28 Esto quiere decir, que la creación del derecho que rige las relaciones entre Estados está descentralizada, es decir: que sólo depende de la voluntad de las partes y que es un proceso histórico. Si la creación del derecho internacional es un proceso histórico, es pues también un proceso que requiere de aprendizaje por las partes en conflicto. Y los métodos que se han establecido históricamente para ello han sido la costumbre jurídica y los tratados internacionales. La costumbre jurídica funciona así: “los individuos deben comportarse en sus mutuas relaciones con la conducta que se observe ordinariamente como costumbre. La conducta uniforme y contínua de los individuos es el hecho que crea la norma”.29 La costumbre, desde este este punto de vista son aquellos actos que se consideran jurídicos por el sólo hecho de que las partes las consideran así, por tanto, dándoles un carácter forzoso y por ende, obligatorio.30 La continua repetición de algún acto, a medida que pasa el tiempo, hace que el mismo deje de ser una mera ejecución y que sea considerado de hecho, costumbre. Además, otro carácter que define a la costumbre, es que su creación es descentralizada: no sale de ningún órgano central. Pues como dice Kelsen: “cada individuo es un órgano para la creación del Derecho. Los órganos para la creación del Derecho están, por decirlo así, diseminados por todo el ámbito de vigencia del Derecho”,31 es decir, en el sistema-mundo en su conjunto en que cada Estado por sí mismo es un creador potencial de derecho internacional consuetudinario. Por otra parte, los tratados internacionales ya son derecho internacional positivo, escrito, pero que también su creación es de carácter descentralizada.32 El tratado se distingue de la costumbre “principalmente en que los actos que constituyen ésta no tienen que orientarse conscientemente hacia la creación del Derecho, como ocurre con las expresiones de la voluntad que constituyen un tratado o una ley”.33 El tratado entonces en una creación expresa y consciente de derecho internacional, y no difusa como la costumbre.

Ahora bien, ¿cuál es el trasfondo real e histórico de éstas fuentes del derecho internacional?, ¿para qué se usan? Aquí intentaremos comprenderlo no desde las normas en sí mismas, sino desde la realidad concreta. Sostenemos aquí, que el derecho internacional sirve como ordenamiento que regula los conflictos interimperialistas de las grandes potencias en el entorno del sistema capitalista mundial. Y eso se realiza ¿ante qué trasfondo? Pues, que las distintas unidades políticas de este sistema se encuentran a merced de los vaivenes del mercado mundial: los Estados para poder salir exitosos en la acumulación de capital, deben realizar cada cierto tiempo en aras de mantenerla lo que Harvey llama “soluciones espacio-temporales” del capitalismo.34 Este sistema, en ese sentido, obliga a que las distintas estructuras políticas busquen nuevos espacios o polos de acumulación de capital que sean más rentables. Todo lo anterior se realiza en función de evitar la devaluación del capital, expresado en el exceso tanto de capital fijo (medios de producción) como de capital variable (fuerza de trabajo), y para ello: “la expansión geográfica y la reorganización espacial ofrecen esa posibilidad, que no se puede separar empero de dilaciones temporales en las que el exceso de capital se invierte en proyectos a largo plazo que tardan muchos años en devolver su valor a la circulación mediante la actividad productiva que promueven”.35 Las expansiones geográficas de las grandes potencias, desde esta perspectiva, “proporcionan una potente palanca para mitigar, si no resolver, la tendencia a la aparición de crisis en el capitalismo”.36 El problema aquí es que en el sistema-mundo capitalista, hay tantos centros de acumulación de capital como Estados, y ello genera a su vez competencia entre las mismas unidades políticas por lograr realizar sus propias “soluciones espacio-temporales” en aras de mantener su nivel de acumulación capitalista, y ello genera roces interimperialistas.37 Esto desde una visión teórica del asunto.

Desde una perspectiva histórico-mundial, esto significa que desde el surgimiento del moderno sistema-mundo (en el siglo XVI) hasta la última guerra mundial (1939-1945), las guerras interimperialistas más importantes dentro de este sistema histórico han tenido como causa estructural las llamadas “soluciones espacio-temporales” y que inexorablemente se ocasionen literalmente “guerras mundiales” de treinta años más o menos; o en otras palabras: guerras interimperialistas. En el devenir histórico del capitalismo mundial, según Wallerstein, han ocurrido tres choques a nivel mundial —dependiendo de la expansión geográfica del sistema-mundo en cada época—: “Estas luchas fueron, respectivamente, la guerra de los Treinta Años de 1618-48, las guerras napoleónicas (1792-1815) y los conflictos del siglo XX entre 1914 y 1945, que deberían ser concebidos como una única y larga ‘guerra mundial’”.38 Y cabe destacar que el fin de cada una de esas “guerras mundiales” imperialistas han acabado efectivamente con la regulación del conflicto imperialistas de las partes en conflicto: 1) en la Guerra de los Treinta Años con el Tratado de Paz de Westfalia, 2) las guerras napoleónicas finalizaron con el llamado Congreso de Viena, y 3) las dos guerras mundiales del siglo XX finalizaron con la Carta de la Naciones Unidas y con la futura conformación de la Organización de las Naciones Unidas.

En suma, cabe hacer hincapié que aunque se hayan detenido las guerras imperialistas en cada una de esas fases, lo cierto, es que se podría sostener como hipótesis a comprobar, que: 1) la regulación jurídica del conflicto interimperialista no ha detenido de hecho esa lucha, sino que la ha desplazado hacia otros lugares geográficos en que sean las demás zonas las que sufran las consecuencias desastrosas de esas guerras y no físicamente los Estados en conflicto; lo anterior es fácilmente comprobable empíricamente si se observa en dónde se han desarrollado las guerras después de cada una de esas “luchas por el centro” o por la hegemonía del sistema-mundo: a) posteriormente a la Guerra de los Treinta Años, se llevaron a cabo guerras en el Caribe en donde se enfrentaron Holanda, Inglaterra, Francia y España, b) después de las “guerras napoleónicas”, por ejemplo, se llevó a cabo la guerra de Crimea entre Inglaterra —la potencia del sistema-mundo en ese entonces— contra Rusia, y c) después de la II Guerra Mundial, durante la Guerra Fría los distintos frentes de guerra en Corea, Vietnam, Afganistán, América Latina, etc. Y 2) a consecuencia de lo anterior, el derecho internacional que se forma después de cada una de esas “guerras mundiales” beneficia comparativamente más a las grandes potencias imperialistas que a los Estados periféricos del sistema-mundo, sean independientes o colonias.

b) El derecho internacional como indicador de hegemonía y “gobierno” sistémico-mundial

Aquí se sostendrá la tesis de que el derecho internacional es un modo en que el Estado hegemónico logra su liderazgo en el sistema, pero primero hay que clarificar algunas cuestiones previas. El sistema-mundo capitalista no solamente se compone de Estados fuertes o centrales, sino que en aquél también existen Estados periféricos y semi-periféricos. En suma, hay una jerarquía de Estados que depende netamente de la relación centro-periferia: “lo que queremos decir por centro-periferia es el grado de ganancia del proceso de producción. Puesto que la ganancia está directamente relacionada al grado de monopolización, lo que esencialmente significamos por procesos de producción centrales son aquellos controlados por cuasimonopolios”,39 mientras que los procesos económicos periféricos son los competitivos. La relación centro-periferia genera entonces un intercambio desigual. Y los Estados semi-periféricos según Wallerstein, “tienen una mezcla relativamente pareja de procesos de producción”,40 es decir: cuentan con ciertos procesos económicos centrales y otros de carácter periférico. Y dentro de esa jerarquía de Estados se genera una categoría especial del mismo: el Estado hegemónico de la economía-mundo. El Estado hegemónico es un Estado del centro, del sistema mundial, pero que tiene ciertas características que lo hacen tal. De acuerdo con Wallerstein, el carácter hegemónico está dado principalmente por causas “económicas”, o sea: estar en primer lugar en cuanto a producción, comercio y finanzas, a nivel mundial, lo que proporciona la “base material” que le posibilite tener dominio político sobre el sistema.41 Llama la atención que el Estado hegemónico pueda hacer un uso mínimo de la fuerza en aras de la mantención de su dominio, lo cual nos lleva a la conceptualización que realizan Arrighi y Silver en torno a la hegemonía y a adoptarla junto con la de Wallerstein en el marco de este trabajo.

Para ambos autores, la hegemonía no es solamente tener esa primacía económica, sino que tiene que ver con la dialéctica entre coerción y consenso. Ellos entienden por hegemonía,42 a partir de Antonio Gramsci, como “el poder adicional que se añade a un grupo dominante en virtud de su capacidad de dirigir la sociedad en una dirección que no sólo sirve a sus propios intereses, sino que también es percibida por los grupos subordinados como la prosecución de un interés general”.43 En suma: El Estado hegemónico es aquél que es percibido por demás Estados del sistema-mundo como representante de un cierto “interés general” y también como modelo a seguir. Y ¿cómo es funcional el derecho internacional al Estado hegemónico del sistema-mundo? Pues es funcional en el sentido de que este ordenamiento jurídico establece lo que es permitido y lo que no es permitido en la relación entre los Estados. El derecho internacional, puede ser enarbolado, desde este punto de vista como un ordenamiento legitimador para las acciones de un Estado en desmedro de otros. En resumen, el derecho internacional, le da un carácter legítimo a la hegemonía con respecto a los Estados no-hegemónicos. Y ¿de qué manera? Pues se sostendrá aquí que se realiza mediante: 1) la doctrina de la “guerra justa” (bellum justum) y 2) mediante la imposibilidad, en el derecho internacional, de distinguir “científicamente” —o sea, por medio de la ciencia jurídica— entre delito y pena. Ambas partes de la argumentación, que se sostendrá a continuación, se vinculan firmemente. Pues: si no hay distinción entre delito y pena, o por aún, si no existen del todo, entonces la doctrina de la “guerra justa” pierde todo su sentido. Para que esa doctrina tenga sentido es menester hacer el distingo entre delito y sanción. Primero se comenzará con la doctrina de la “guerra justa”.

La doctrina de la “guerra justa”, significa según Hans Kelsen, que la interacción, de carácter bélica entre los Estados, está prohibida en principio. En palabras del autor: “pensando estrictamente en términos jurídicos, cierta conducta está prohibida dentro de cierto sistema de Derecho cuando a la misma va ligada normativamente la aplicación de una sanción determinada”.44 Y la sanción que Kelsen menciona para aquellos Estados que violan el derecho internacional es precisamente la guerra. El derecho internacional, consiguientemente, establece que la guerra es efectivamente un delito, pero que la única forma de responder a ese delito es la guerra.45 Por ende, el problema de esta doctrina es que “esto implica que la guerra, o mejor dicho, la contra-guerra, debe ser preestablecida como una sanción, de modo que la guerra prohibida pueda ser interpretada como delito”.46 Pero el problema aquí no es prohibir jurídicamente la guerra como forma de relación interestatal, como principio general de conducta recíproca, sino que el problema de esta doctrina es que en la casuística, es decir: en un caso particular, es bastante difícil la aplicabilidad de la doctrina de la “guerra justa”, por lo que para Kelsen resulta prácticamente imposible de resolver jurídicamente este problema.47 La única manera de resolver de acuerdo con el autor, la cuestión de la “guerra justa” es, “examinando las manifestaciones históricas de la voluntad de los Estados —documentos diplomáticos, sobre todo declaraciones de guerra y tratados entre Estados—”.48 De acuerdo con Kelsen, el que practicamente todos los estadistas consideren la guerra como delito a raíz de dichas fuentes políticas, es un indicador de “existencia de una convicción jurídica que está de acuerdo con la tesis de la teoría del bellum justum”,49 y por ende, de éxito y uso de la doctrina en el sistema-mundo. Sin embargo, ese indicador de “éxito” de la doctrina del justum bellum es precisamente un indicio de lo endeble que es la doctrina, ya que históricamente los Estados cuando van a la guerra siempre justificarán el por qué de dicha acción;50 o sea: todos los Estados recurren a la misma doctrina, por lo que al final de cuentas, deja de ser un problema jurídico y se hace inevitablemente político y moral.

Y ¿en qué medida sirve la doctrina del bellum justum para el Estado hegemónico del sistema-mundo capitalista? Pues, sirve en la medida que esta doctrina, a pesar de lo endeble que sea, proporciona de hecho una cierta moral en el comportamiento de los Estados, aunque “los exponentes más radicales de la guerra, los filósofos más extremistas del imperialismo, en su afán de glorificarla y de presentar el pacifismo como vil, justifican la guerra tan sólo como medio para alcanzar un buen fin”.51 Por lo tanto, aunque la doctrina del bellum justum de hecho justifique y ampare el imperialismo, también proporciona medios para positivizar el derecho internacional. En este sentido, la doctrina de la “guerra justa” proporciona la mediación que el Estado hegemónico del sistema mundial necesita para hacer aparecer su propio interés como el interés de aquellas unidades estatales inferiores en la jerarquía del sistema. Cabe destacar que es así sólo si los demás Estados comparten ese interés con el Estado hegemónico. Y esto significa, que el status de hegemonía, hace que el Estado pueda literalmente “gobernar” el sistema, puesto que “si los grupos subordinados tienen confianza en sus gobernantes, los sistemas de dominación no requieren que se recurra a la fuerza”.52 Y también, el derecho internacional, puede entenderse como una manera de liderazgo, por parte del Estado hegemónico, ya que con ese ordenamiento jurídico y sus principios morales en que lo funda, “dirige el sistema de Estados en la dirección deseada, y al hacerlo es percibido ampliamente como portador del interés general”,53 esto es: como interés de la “comunidad internacional”. En suma, el derecho internacional, funciona como ordenamiento legitimador con respecto al comportamiento del Estado hegemónico del sistema en un momento dado, y la doctrina del bellum justum proporciona eso, sólo si los demás Estados lo perciben así.

Pero, así como la hegemonía del sistema mundial se realiza por medio del consenso entre las distintas estructuras políticas, hasta ahora nos hemos olvidado de la otra parte de aquélla: la coerción. La coerción, puede entenderse, desde este punto de vista, como el ejercicio de la hegemonía por medio de la violencia, es decir, a través de la guerra. Pero, la violencia que ejerce el Estado hegemónico no es catalogado como delito, sino que es caracterizado como represalia o lisa y llanamente como una “guerra justa”. Aquí está el problema del derecho internacional: ¿Cómo se diferencia entre la guerra como delito y la guerra como sanción (o castigo)? Pues como veremos ahora, es un problema que “científicamente”, no tiene solución. Kelsen, acerca de este problema, menciona que si hay castigo en este ordenamiento jurídico, entendido como “la obligación de reparar el daño, sobre todo si éste se ha causado de manera ilegal”.54 El deber de reparación, es así para Kelsen, la obligación violada por un Estado con respecto a otro. Pero el problema aquí no es la reparación en sí como obligación: “aun cuando el Derecho internacional general establezca la obligación de reparar como consecuencia del delito, esta obligación sucedánea no puede considerarse como sanción”.55 Lo que está queriendo decir Kelsen, es que la obligación de reparación no es el castigo, sino la ausencia de la misma, la no reparación del hecho ilícito.56 Pero aquí existe otro problema ¿qué es delito? Y delito se entiende solamente como motivo y/o causa de una guerra como castigo.57

Consiguientemente, la definición de lo que es delito en el derecho internacional —y lo que motiva una “guerra justa”— depende de una decisión política y es lo que sustenta al Estado hegemónico en el ámbito de la coerción, y con ello, el derecho internacional posibilita a que este Estado pueda ser, de hecho, imperialista en el marco del sistema-mundo. Eso está aun más sustentado si se comprende que el derecho internacional, por mucho que esté positivado, tiene aún el carácter de un derecho primitivo, es decir: de un derecho en que su creación y aún más su aplicación están fuertemente descentralizados, ya que está “caracterizado por la técnica jurídica de la autoayuda (o justicia por la propia mano), puede ser interpretado de la misma manera que un orden jurídico primitivo, caracterizado por la institución de la venganza de la sangre (vendetta)”.58 Pues, esa justicia “por la propia mano” en el derecho internacional es recurrir a la guerra en contra del Estado infractor. De este modo, y siguiendo con la lógica “coercitiva” del Estado hegemónico del sistema mundial, el accionar de esa unidad política tendría como consecuencia, un declinamiento relativo de la técnica de la autoayuda, mencionada por Kelsen, y que el Estado que ostenta la hegemonía actuara literalmente como “gobierno” sistémico-mundial al concentrar, hasta cierto punto: los medios militares a nivel mundial y consecuentemente, la aplicación de la coerción en contra de Estados que la potencia hegemónica —junto con la comunidad internacional que lo sigue— contra Estados “paria”. Es decir, el Estado hegemónico actúa literalmente como ejecutor de sanciones dentro del moderno sistema mundial.

Pero, la idea de “gobierno” sistémico-mundial ¿por qué es funcional al capitalismo? Pues en parte, porque proporciona, a grandes rasgos, la estabilidad política al conjunto del sistema. Pero, también hay que destacar, que dicha estabilidad es así solamente para ciertos sectores del sistema en cuestión, no para todos. Es decir: la hegemonía es únicamente beneficiosa para los grupos dominantes de este sistema mundial. Y para que un Estado pueda ser hegemónico, en el marco del sistema mundial capitalista, tiene que cumplir con dos condiciones según Arrighi y Silver. En primer lugar: “los grupos dominantes de ese Estado tienen que haber desarrollado la capacidad de conducir al sistema hacia nuevas formas de cooperación interestatal y de división del trabajo que posibiliten [···] superar la tendencia de los Estados a perseguir individualmente sus intereses nacionales sin atender a los problemas de todo el sistema que requieren que requieren soluciones a esa misma escala”.59 Es decir, que literalmente, haya de acuerdo a ambos autores, una “oferta” de recursos que posibiliten el “gobierno” sistémico-mundial. Y en segundo lugar, debe existir una “demanda” de “gobierno” mundial por parte del resto del sistema: “las soluciones sistémicas ofrecidas por la eventual potencia hegemónica deben resolver problemas sistémicos que se han hecho tan graves como para crear entre los grupos dominantes existentes o emergentes una ‘demanda’ de gobierno sistémico profunda y ampliamente sentida”.60 Con estos dos argumentos, sostenemos que la hegemonía mundial en el sentido de “gobierno” sistémico, es funcional a las clases capitalistas porque causan, hasta cierto punto, una cierta “solidaridad” de clase. Es cómo si se cristalizase una clase capitalista mundial, en que, a nivel colectivo tratan de proteger sus intereses frente al desorden mundial, y al propiciar condiciones favorables a la acumulación de capital. Esto en última instancia fortalece colectivamente, es decir, a nivel mundial a los grupos dominantes.

c) La “soberanía” del Estado en el sistema-mundo

La soberanía del Estado es parte integrante del sistema-mundo capitalista y también del derecho internacional. Cabe destacar, que la soberanía como tal surgió precisamente también con el advenimiento del mundo moderno.61 Cabe hacer una advertencia antes de continuar: sólo nos encargaremos de la soberanía en el ámbito internacional y no en el interno, ya que implicaría extendernos mucho en la dinámica de la política “interna”. Pero ¿qué se entiende por soberanía en el marco de este sistema mundial? Wallerstein, entiende por soberanía, como la autoridad que ejerce un determinado Estado en su territorio y que no admite la “interferencia” de un Estado externa al ámbito del territorio interno de aquél.62 La definición previa de soberanía es la misma que sostienen los juristas, como por ejemplo Jellinek, quien menciona que la soberanía es: “la negación de toda subordinación o limitación del Estado por cualquier otro poder. Poder soberano de un Estado es, por tanto, aquel que no reconoce ningún otro superior a sí; es, por consiguiente, el poder supremo e independiente”.63 Este último autor hace notar, que el concepto de soberanía, tiene que ver tanto con su ámbito interno, como el externo; ambas son inseparables. En el ámbito externo significa la total independencia con respecto a otros Estados, y en el interno significa que manda a todo lo que está al interior de su territorio. No obstante, el concepto de soberanía, según los teóricos del análisis de sistemas-mundo, es un concepto que no tiene aplicación en la realidad; Wallerstein menciona que “ningún Estado moderno ha sido realmente soberano de facto hacia adentro, porque siempre ha habido resistencia interna a su autoridad [···] Asimismo, ningún estado ha sido nunca verdaderamente soberano hacia afuera, puesto que la interferencia de un estado en los asuntos de otro es cosa habitual”.64 Este autor llega incluso a mencionar —implícitamente— que la soberanía es un concepto falso, puesto que los Estados fuertes no respetan en realidad a los Estados débiles del sistema-mundo.65

Pues, si el concepto de soberanía es falso y los Estados se encuentran inevitablemente constreñidos sistémicamente por otros Estados así como por la relación centro-periferia, entonces sería más útil entender la soberanía del modo que lo hace Jellinek. Para Jellinek, la soberanía no se refiere a un poder de facto —o realmente efectivo— de un Estado, sino que es meramente un concepto jurídico, y como tal engloba solamente ese ámbito: “la independencia del poder del Estado de toda otra actividad siempre se ha considerado como una independencia jurídica, pero no como una independencia real”.66 Entonces, si la soberanía es meramente un concepto jurídico y que no tiene una aplicación completamente efectiva en la realidad histórico-social, ¿por qué tiene tanta importancia en el marco del sistema-mundo capitalista? Tiene importancia, porque tiene que ver con la legitimidad en la construcción y consiguiente institucionalización de nuevos de Estados, sobre todo si éstos han sido formados a partir de una relación colonial. Y ¿Por qué es tan importante?, pues porque de acuerdo con Immanuel Wallerstein “los demás pueden no respetar las afirmaciones, pero eso es en muchos sentidos mucho menos importante que el que las reconozcan formalmente”.67 Por tanto, ese reconocimiento por parte de Estados previamente existentes proporciona legitimidad a la existencia de nuevos Estados. El reconocimiento, le da un sustento de iure al poder efectivo del Estado en la arena internacional, y que precisamente por ello, la unidad política recientemente institucionalizada y legitimada por otros, pueda ser tratado como un par por los demás. El reconocimiento político de un nuevo Estado, por tanto, conlleva un problema político en sí, más allá de las meras consideraciones jurídicas.

Es un problema político porque implica sumar más partes al sistema interestatal, a que los previamente dominados dentro de una relación de dominación colonial logren la igualdad jurídica como cualquier Estado previamente existente. Así abstractamente hablando es difícil de comprender, pero explicándolo dentro de las relaciones de poder dentro del sistema mundial, será más difícil entender a qué nos referimos aquí. El sistema-mundo capitalista ha generado en el largo plazo lo que se conoce como movimientos antisistémicos. Dichas fuerzas se originaron con el fin de oponerse al sistema mundial capitalista, y se originaron más o menos desde la Revolución francesa (a fines del siglo XVIII) y se institucionalizaron ya en la Revolución de 1848. Las categorías de tales movimientos, según los analistas de sistemas-mundo, es que existen: 1) los movimientos de liberación nacional, y 2) los movimientos sociales.68 Cada uno de estos movimientos tenía sus propios objetivos y formas de lucha; en que, el movimiento el primero tenía como meta el ascenso de los grupos étnico-nacionales oprimidos al status de nación independiente/soberana, mientras que los últimos tenían como objetivo la destrucción del capitalismo y realizar en la tierra el socialismo/comunismo. Por tanto, como muy bien lo mencionan los autores, las tácticas de ambos movimientos antisistémicos pasaban por tomar el poder del Estado: “Ambos [tipos de movimientos] entendieron que la estructura política clave del mundo moderno era el Estado. Si estos movimientos pretendían cambiar algo, tenían que controlar un aparato estatal, lo cual significaba pragmáticamente ‘su’ aparato de Estado”.69 Por tanto, si un movimiento antisistémico lograba su victoria “revolucionaria” a nivel nacional entonces era el aliciente para expandirla hacia los demás Estados. Como suceso paradigmático de lo anterior, se puede invocar lo que sucedió en Rusia en el año 1917, en que los bolcheviques lograron su revolución “proletaria” y la conformación del primer Estado “socialista” del mundo —al menos, así lo veían ellos—. Ese suceso obviamente generó la animadversión de las potencias del centro del sistema-mundo de entonces —Inglaterra, EEUU, Francia, Alemania— no solamente alargando la guerra civil interna de ese país, sino incluso interviniendo militarmente en contra del gobierno instaurado por los revolucionarios.

Y posteriormente, al correr el siglo XX lo mismo ocurría con los procesos de descolonización tanto en los territorios de África como en ciertas zonas del sudeste de Asia, las cuales fueron descolonizadas a regañadientes por las potencias europeas coloniales. En este sentido, el reconocimiento de la soberanía por los Estados previamente existentes sí es importante. Y es aún más importante si se comprende que tales reconocimientos jurídicos de nuevos Estados, tienen mucho que ver con el equilibrio de poder al interior del sistema-mundo. Esto último tiene que ver en última instancia tanto con el número de países que reconocen al nuevo Estado como con qué tipo de país es el que reconoce al nuevo Estado, si es el Estado hegemónico del sistema-mundo o si es uno de menor jerarquía. Wallerstein plantea así este problema: “existen habitualmente algunos estados putativos que no son reconocidos por nadie, o por sólo uno o dos estados (lo que los vuelve, en efecto, estados protectores)”.70 Pero de acuerdo al autor, el problema mayor es cuando un Estado es reconocido como tal por un gran número de Estados y simultáneamente no es reconocido como tal por una cantidad también grande de unidades políticas; según Wallerstein “esta situación puede tener lugar como consecuencia de secesiones o de cambios revolucionarios en regímenes”.71 Por tanto, el reconocimiento jurídico de un Estado como tal es fruto de una lucha política en que los Estados formados o sucedidos por movimientos antisistémicos han sido obstruidos por lo Estados hegemónicos —y centrales— del sistema-mundo, por medio de la negación ese status jurídico para impedir que gocen de la igualdad y seguridad jurídica que los demás Estados así como ciertas atribuciones en la arena internacional. Y por último, el reconocimiento de un Estado que surgió a raíz de un movimiento antisistémico —como por ejemplo, la sucesión de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a la Rusia zarista— implicaba no solamente la legitimidad de la existencia del nuevo Estado, sino algo mucho más importante: implicaba la victoria política del movimiento antisistémico en sí. Y esto último era lo que deseaban evitar las potencias centrales.

Consideraciones finales

Hemos tratado en el trabajo se presentar un “esbozo” de sociologia del derecho internacional. Ahí hemos justificado el por qué el derecho internacional debería ser tomado en cuenta no solamente en relación al surgimiento del moderno sistema de Estados, sino que también en relación al modo de producción capitalista —a nivel “transnacional” primero y posteriormente hasta cubrir todo el mundo—. En resumen, el derecho internacional es funcional al capitalismo, como hemos visto por las siguientes razones.

  1. Porque el sistema interestatal al no poseer ningún poder político centralizado y en que las partes (los Estados por individual) actúan de acuerdo a su arbitrio, pues esto último genera roces interimperialistas las cuales son agravadas a medida que se expande el capitalismo por las llamadas “soluciones espacio-temporales” en que cada cierto tiempo los Estados tienen que encontrar literalmente “válvulas de escape” para la reinversión a largo plazo con el objetivo de que las inversiones previamente realizadas no se devalúen. Dichas “soluciones espacio-temporales”, en suma, general roces intercapitalistas que podrían deberse a un mismo territorio. Y en esto, el derecho internacional es funcional porque regula dicho tipo de roces, ya sea por medio de fuentes del derecho —costumbre y tratados internacionales— en que paulatinamente se ha ido avanzando cada vez más en la positivizacion del ordenamiento jurídico internacional.
  2. El derecho internacional, es funcional también porque en el sistema-mundo capitalista, como hay tantos polos moleculares de acumulación capitalista como Estados, se generan acumulaciones desiguales tanto de capital como de poder, lo que va generando literalmente una jerarquía de Estados en el sistema-mundo capitalista. Y se pudo apreciar, que entre los Estados centrales del sistema-mundo existe una categoría especial de unidad política: el Estado hegemónico. Ese Estado es hegemónico en la medida que tiene los recursos para serlo —está en primer lugar en produción, comercio y finanzas— es decir: tiene las condiciones materiales para cumplir con la condición de la hegemonía, y consiguientemente puede ese Estado puede ejecutar una labor análoga a un “gobierno” sistémico-mundial en el sentido de que el Estado que ejecuta la hegemonía genera consensos y tiene legitimidad para hacerlo —tanto en función de su propio interés como de los demás Estados del sistema—. Y también el Estado hegemónico al generar ese consenso internacional, realiza actos de “gobierno” sistémico-mundial en el sentido de que es el Estado que decide políticamente lo que es pena y delito y consiguientemente, decide lo que es literalmente una “guerra justa” acorde a sus propios intereses. Cabe destacar que la potencia hegemónica le da estabilidad política al sistema y proporciona las condiciones de posibilidad para la acumulación de capital.
  3. La soberanía en el conjunto del sistema-mundo capitalista, se vio que no es un concepto real, es decir: no quiere decir que un Estado que sea soberano sea independiente realmente —o mejor dicho, independiente con respecto a la totalidad del conjunto del sistema—. Lo que quiere decir en realidad la soberanía, es que un Estado es independiente jurídicamente de otro Estado y que no depende jurídicamente de los actos jurídicos de otro Estado. Y en este sentido, se vio que la soberanía, y el reconocimiento de un Estado como tal, tiene más bien que ver con la legitimidad, es decir: con la existencia de ese Estado como sujeto de derechos. Es más. Como el sistema capitalista mundial ha visto el surgimiento de movimientos antisistémicos, que tienen como objetivo cambiar el mundo por medio de la captura del instituto estatal y desde ahí realizar los cambios por medio del “desarrollo nacional”; el reconocimiento —por parte de las potencias centrales de la economía-mundo— de Estados nuevos formados al alero de los movimientos antisistémicos al capturar esas unidades políticas implicaba no solamente que dichas estructuras políticas gozasen de los mismos derechos y obligaciones jurídicas, sino que implicaba de hecho una victoria política a favor de los movimientos antisistémicos.

Esas han sido las funcionalidades que se le han encontrado al derecho internacional en el marco del sistema-mundo capitalista. Ciertamente puede sonar que el trabajo tiene cierto sabor “economicista”, sospechoso y sesgado políticamente —de lo cual he justificado en la introducción—. Y Además que incluso puede ser insuficiente. Pero como dice el título del trabajo: es solo un “esbozo”. Y ciertamente no cubre todo el período que va desde el siglo XVI hasta la actualidad (inicios del siglo XXI) pues eso hubiera implicado hacer un ensayo muchísimo más largo, pero ciertamente mucho más matizado con respecto a las afirmaciones que estoy diciendo con respecto al derecho internacional. Y en este sentido, quisiera mencionar que el derecho internacional, no es tan negativo como se ha planteado en el marco de este trabajo. De hecho, primeramente tenía la intención de exponer en el trabajo ciertos puntos de inflexión que han sucedido con respecto al derecho internacional, y sobre todo a lo acontecido en el siglo XXI. Me refiero al Tratado de Versalles y a la Carta de las Naciones Unidas. Quería referirme al Tratado de Versalles porque ahí sale expuesto que el trabajo no es una mercancía, es decir: este podría ser considerado en ese sentido como un Tratado de Paz con ciertas características anticapitalistas —aunque podría ser discutible, por cierto—. Y deseaba referirme a la Carta de las Naciones Unidas por la consagración de los Derechos Humanos y la conformación subsiguiente de principios universales de respeto a la vida humana, en todas sus formas: en el sentido político, civil y ahora con respecto a los derechos sociales y económicos. Por tanto, si el derecho internacional, en el lapso que va desde los inicios del siglo XVI hasta inicios del siglo XX ha ido a favor de las prácticas hegemónicas —o imperialistas— de ciertos Estados, el lapso que viene después de 1945 ha marcado un profundo cambio en cuanto a ciertos principios del derecho internacional, que no solamente englobe a las relaciones entre Estados. El derecho internacional, al menos en ciertos principios —especialmente los Derechos Humanos— tiene un contenido fuertemente anticapitalista en el sentido de que apela a valores de democracia, igualdad y justicia sociales, y esto último solamente faltó haber expuesto en este trabajo. Aquí se ha visto mayormente al derecho internacional como medio de dominación.

1 “La lucha permanente, en forma pacífica o bélica, de los Estados nacionales en concurrencia por el poder creó para el moderno capitalismo occidental las mayores oportunidades. Cada Estado particular había de concurrir por el capital, no fijado a residencia alguna, que le prescribía las condiciones bajo las cuales le ayudaría a adquirir el poder. De la coalición necesaria del Estado nacional con el capital surgió la clase burguesa nacional, la burguesía en el sentido moderno del vocablo. En consecuencia, es el Estado nacional a él ligado el que proporciona al capitalismo las oportunidades de subsistir; así pues mientras aquél no ceda el lugar a un estado universal, subsistirá también éste”. Max Weber, Economía y sociedad. Esbozo de sociología comprensiva, FCE, 2ª edición, 1964, 16ª reimpresión, 2005, México, p. 1047

2 Immanuel Wallerstein, El moderno sistema-mundial I. La agricultura capitalista y los orígenes de la economía-mundo europea en el siglo XVI, Siglo XXI, 12ª edición, 2002, México, p. 22. Además el autor continúa: “Los imperios políticos son un medio primitivo de dominación económica. Si se quiere plantearlo así, el logro social del mundo moderno consiste en haber inventado la tecnología que hace posible incrementar el flujo de excedente desde los estratos inferiores a los superiores, de la periferia al centro, de la mayoría a la minoría, eliminando el ‘despilfarro’ de una superestructura política excesivamente engorrosa”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibidem

3 “Aproximadamente del año 1150 al 1300, se vio una expansión en Europa en el marco del modo de producción feudal, una expansión simultáneamente geográfica, comercial y demográfica. Desde aproximadamente el 1300 hasta el 1450, lo que se había expandido se contrajo de nuevo en los tres niveles de la geografía, el comercio y la demografía.

Esta contracción, tras la expansión, causó una ‘crisis’, una crisis que fue visible no sólo en la esfera económica sino también en la esfera política (las guerras internas de la nobleza y las revueltas campesinas pueden ser consideradas como los dos síntomas fundamentales). También se hizo visible en la cultura. La síntesis cristiana medieval se vio sometida a un ataque multitudinario en todas las formas que posteriormente serían consideradas como primeros pasos del pensamiento occidental ‘moderno’.

Existen tres explicaciones fundamentales de la crisis. Una es que fue esencialmente el producto de tendencias económicas cíclicas. Habiendo sido alcanzado el punto óptimo de expansión, dada la tecnología existente, vino seguido de una contracción. La segunda es que fue esencialmente el producto de una tendencia secular. Después de mil años de apropiación del excedente bajo el modo feudal, se había llegado a un punto de disminución de las ganancias. Mientras que la productividad permanecía estable (o incluso es posible que declinara como consecuencia del agotamiento del suelo, debido a la ausencia de motivaciones estructuradas para el avance tecnológico, la carga que caía sobre los productores del excedente había ido aumentando constantemente, por el creciente volumen de los gastos de la clase dominante. Ya no se podía exprimir más jugo. La tercera explicación es climatológica. El cambio en las condiciones meteorológicas europeas fue tal que redujo la productividad del suelo, incrementando simultáneamente las epidemias [···].

Fueron precisamente las inmensas presiones de esta coyuntura lo que hizo posible la enormidad del cambio social. Porque lo que Europa iba a desarrollar y sostener de entonces era una nueva forma de apropiación del excedente, una economía-mundo capitalista. No iba a estar basada en la apropiación directa del excedente agrícola, en forma de tributo (como había sido el caso en los imperios-mundo) o de rentas feudales (como había sido el sistema del feudalismo europeo). En su lugar, lo que iba a desarrollarse ahora era la apropiación de un excedente basado en una productividad más eficiente y ampliada (en primer lugar en la agricultura y posteriormente en la industria), por medio del mecanismo de un mercado mundial, con la asistencia ‘artificial’ (es decir, ajena al mercado) de los aparatos del Estado, ninguno de los cuales controlaba en su totalidad el mercado mundial”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., pp. 52-53

4 Perry Anderson, El Estado absolutista, Siglo XXI, 10ª edición, 2007, España, p. 13

5 Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial I, p. 21

6 Perry Anderson, El Estado absolutista, p. 14. Anderson continúa afirmando: “La coerción, diluida en el plano de la aldea, se concentró en el plano ‘nacional’. El resultado de este proceso fue un aparato reforzado de poder real, cuya función política permanente era la represión de las masas campesinas y plebeyas en la base de la jerarquía total”. Véase Perry Anderson, Ibidem

7 Immanuel Wallerstein, El moderno sistema mundial I, p. 191

8 Para conseguir efectivamente su cuadro administrativo: “El rey los compraba. El problema del rey no era la carencia de agentes. Había personas que realizaban funciones militares y administrativas en el reino, pero, en su mayor parte, no habían estado previamente subordinadas a él, y, por tanto, no estaban obligadas a llevar a cabo sus disposiciones frente a presiones adversas derivadas de sus propios intereses o de los de sus familias o sus pares. El rey buscaba personas habitualmente de ‘origen modesto’ para crear un equipo pagado a tiempo completo. La institución principal que hizo esto posible ha llegado a ser conocida como ‘venta de cargos’”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 133

9 Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 192

10 “¿Quién, no obstante, estaba disponible para ser comprado? No cualquier persona, ya que ser un mercenario era una ocupación peligrosa, si bien ocasionalmente compensadora. En términos generales, no era una ocupación que se eligiera. Quienes podían conseguir algo mejor lo hacían con presteza. Era consiguientemente, una ocupación cuya recluta era geográfica y socialmente asimétrica, muestra inseparable de la nueva división europea del trabajo”. Véase Immanuel Wallerstein, p. 196

11 “Los mercenarios ni siquiera eran reclutados directamente por el Estado en la mayoría de los casos. El aparato existente no lo permitía. Mas bien, el Estado contrataba a ‘empresarios militares’ que buscaban ganancias. Redlich duda que éste fuera un medio óptimo para la acumulación de capital, dado que, si bien sus ingresos eran ‘extraordinariamente altos (···), típicamente sus gastos eran tremendos’. Pero esto es una evidencia más de cómo la construcción del Estado afectó al ascenso del capitalismo”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 198

12 Por imperium se entiende como poder de dominación, que en última instancia es irresistible. En palabras de Georg Jellinek: “El poder de dominación (···), es un poder irresistible. Dominar quiere decir mandar de un modo incondicionado y poder ejercitar la coacción para que se cumplan los mandatos. El sometido a cualquier poder puede sustraerse a él, a menos que se trate del poder de dominación. Cualquier otra asociación puede expulsar, pero la asociación dotada de derecho de dominación puede mantenerlo, en virtud de la fuerza que le es originaria, dentro de la asociación. Sólo es posible salir de un Estado para someterse a otro. Al imperium no puede sustraerse hoy nadie, incluso aquel que vive errante, a menos que huya a un desierto o a las proximidades del polo (···) La petición de que se quiere salir del Estado, o allí donde esto no es preciso, la declaración de que se desea romper con dicho Estado, no exime al inmigrante de cumplir con los deberes permanentes que resultan de su cualidad de súbdito, ya que mediante su acto unilateral no puede romperse esta relación”. Véase Georg Jellinek, Teoría general del Estado, FCE, 1ª edición, 2000, México, pp. 396-397

13 Perry Anderson, El Estado absolutista, p. 22

14 “La idea complementaria de que los reyes y príncipes estaban ab legibus solutus, o libres de las obligaciones legales anteriores, proporcionó las bases jurídicas para anular los privilegios medievales, ignorar los derechos tradicionales y someter las libertades privadas”. Véase Perry Anderson, Ibidem

15 Perry Anderson, Ibidem

16 “Hemos indicado desde el principio que el modo de producción feudal se definía, entre otras características, por una gradación escalonada de la propiedad que, por tanto, nunca fue perfectamente divisible en unidades homogéneas e intercambiables. Este principio organizativo generó el dominio eminente y el feudo revocable en el plano caballeresco; en el plano de la aldea, determinó la división de la tierra entre el dominio señorial y las parcelas de los campesinos, sobre las que los derechos del señor estaban, a su vez, diferenciados por grados”. Véase Perry Anderson, Transiciones de la antigüedad al feudalismo, Siglo XXI, 26ª edición, 2007, México, pp. 186-187

17 Perry Anderson, El Estado absolutista, p. 20

18 Perry Anderson, Ibidem

19 “En las mismas ciudades, había crecido espontáneamente durante la Edad Media un derecho comercial relativamente desarrollado. En el seno de la economía urbana, el intercambio de mercancías había alcanzado un considerable dinamismo en la época medieval y, en algunos aspectos importantes, sus formas de expresión legal estaban más avanzadas que sus mismos precedentes romanos: por ejemplo, en el derecho protomercantil y en el derecho marítimo”, Véase Perry Anderson, Ibidem

20 Robert Brenner, Turbulencias en la economía mundial, Lom ediciones, 1ª edición, 1999, Chile, p .50

21 Immanuel Wallerstein, El capitalismo histórico, Siglo XXI, 6ª edición, 2006, México, p. 54

22 “Estas luchas políticas pueden ser redefinidas como luchas por configurar las estructuras institucionales de la economía-mundo capitalista a fin de construir el tipo de mercado mundial cuyo funcionamiento beneficie automáticamente a determinados actores económicos. El ‘mercado’ capitalista no ha sido nunca algo dado y menos aún una constante. Ha sido una creación regularmente reelaborada y ajustada”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 55

23 Jacques Bidet, Refundación del marxismo. Explicación y reconstrucción de El capital, Lom ediciones, 1ª edición, 2007, Chile, p. 242

24 “La red de relaciones mercantiles de producción [···] está conformada por empresas, en donde cada una es un no-mercado, un lugar donde los actos del trabajo se articulan entre ellos a través de una organización sistemática que se relaciona con la reglamentación pública organizacional del trabajo, las formaciones, las remuneraciones, las jerarquías, las garantías, etc.”. Véase Jacques Bidet, Ibidem

25 Jacques Bidet, Ibíd., p. 243

26 Jacques Bidet, Ibidem

27 David Harvey, El nuevo imperialismo, Akal, 2ª edición, 2007, España, p. 81

28 Jacques Bidet, Refundación del marxismo, p. 388

29 Hans Kelsen, Derecho y paz en las relaciones internacionales, FCE, 2ª edición, 1986, 1ª reimpresión, 1996, México, p. 142

30 “Por esta conducta uniforme y continua se crea una norma, de acuerdo con la cual se establece esta conducta como la que deben seguir los individuos.

Por lo tanto, en principio, todos los individuos que pertenecen a una comunidad jurídica participan en la creación de una norma de Derecho consuetudinario”. Véase Hans Kelsen, Ibidem

31 Hans Kelsen, Ibíd., p. 143

32 “Un tratado es una creación descentralizada de Derecho, porque la creación de la norma -al igual que la costumbre- emana de los sujetos cuya conducta se regula por la norma, y no de un órgano distinto de ellos”. Véase Hans Kelsen, pp. 143-144

33 Hans Kelsen, Ibidem

34 “la teoría de una ‘solución espacial’ (con mayor precisión, una solución espacio-temporal) a las contradicciones internas de la acumulación de capital y las crisis que generan. El núcleo de esa argumentación, derivada teóricamente de una reformulación de la teoría marxiana de la caída tendencial de la tasa de beneficio, se refiere a una tendencia crónica del capitalismo a las crisis de sobreacumulación. Tales crisis se manifiestan típicamente como excesos de capital (en mercancías, dinero o capacidad productiva) y de fuerza de trabajo, sin que al parecer haya ningún medio de acoplarlos rentablemente para realizar tareas socialmente útiles”. Véase David Harvey, El nuevo imperialismo, pp. 79-80

35 David Harvey, Ibíd., p. 80

36 David Harvey, Ibidem

37 “Pero otra posibilidad abierta es la de una exacerbación de la competencia internacional, con múltiples centros dinámicos de acumulación de capital enfrentados en la escena mundial, buscando cada uno de ellos su propia solución a los problemas de sobreacumulación. Dado que a largo plazo no todos pueden tener éxito, o bien sucumben los más débiles, cayendo en serias crisis de devaluación localizada, o bien surgirán rivalidades geopolíticas entre distintas regiones. Esto último puede convertirse, a través de la lógica territorial de poder, en pugnas entre Estados en forma de guerras comerciales y monetarias, con el peligro siempre al acecho de confrontaciones militares (del tipo de las dos guerras mundiales entre potencias capitalistas en el siglo XX)”. Véase David Harvey, Ibíd., pp. 102-103

38 Immanuel Wallerstein, El capitalismo histórico, p. 49

39 Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo. Una introducción, Siglo XXI, 2ª edición, 2006, España, p. 46

40 Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 48

41 “Lo que nos permite denominarlos hegemónicos es que por un período determinado fueron capaces de establecer las reglas del juego en el sistema interestatal, en dominar la economía-mundo (en producción, comercio y finanzas), en obtener sus objetivos políticos con un uso mínimo de la fuerza militar (de la cual contaban en abundancia), y en formular el lenguaje cultural mediante el cual se discutía el mundo”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibíd., pp. 83-84

42 “la supremacía de un grupo social se manifiesta de dos modos: como ‘dominación’ y como ‘liderazgo intelectual y moral’. Un grupo social domina a sus grupos antagonistas, a los que tiende a ‘liquidar’ o a sojuzgar recurriendo a la fuerza armada; dirige a grupos afines o aliados [Antonio Gramsci].

Mientras la dominación descansa primordialmente en la coerción, el liderazgo que define la hegemonía se basa en la capacidad del grupo dominante de presentarse a sí mismo, y ser percibido, como un portador de un interés general.” Véase Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno, Akal, 1ª edición, 2001, España, p. 33

43 Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Ibíd., p. 34

44 Hans Kelsen, Derecho y paz en las relaciones internacionales, p. 59

45 “La única reacción posible que el Derecho internacional general podría establecer contra una guerra prohibida, sería la guerra misma, otra guerra; una especie de ‘contra-guerra’ contra aquel Estado que, contraviniendo el Derecho internacional, hubiere recurrido a ella”. Véase Hans Kelsen, Ibidem

46 Hans Kelsen, Ibidem

47 “Sin embargo, es notorio que tal punto de vista elude el problema; por lo cual resulta lógicamente imposible probar la tesis de la teoría de la guerra justa (bellum justum)”. Véase Hans Kelsen, Ibidem

48 Hans Kelsen, Ibidem

49 Hans Kelsen, Ibidem

50 “Esta convicción se manifiesta en el hecho de que los gobiernos de los Estados que recurren a la guerra tratan siempre de justificar su proceder ante el pueblo, como ante el mundo en general. Sería difícil hallar en la historia algún caso en que un Estado no haya tratado de proclamar su propia causa como justa y verdadera [···] Hasta la fecha jamás un gobierno ha declarado que recurría a la guerra sólo porque le viniera la gana en hacerlo, o sencillamente porque tal medida le pareciese ventajosa”. Véase Hans Kelsen, Ibíd., pp. 59-60

51 Hans Kelsen, Ibíd., p. 60

52 Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno, p. 34

53 Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Ibidem

54 Hans Kelsen, Derecho y paz en las relaciones internacionales, p. 54

55 Hans Kelsen, Ibíd., p. 55

56 “Sólo la consecuencia de la falta de cumplimiento de esta obligación sucedánea, es decir, sólo la última consecuencia establecida por el precepto jurídico, constituye una verdadera sanción. La sanción específica de un orden jurídico sólo puede ser una medida coactiva, establecida por este orden, para el caso de que una obligación sea violada, y, si se establece una obligación sustituta, entonces para el caso de que también ésta sea violada”. Véase Hans Kelsen, Ibidem

57 “Tal intervención se considera, o bien como delito a la luz del derecho internacional, o como represalia. Sin embargo, a fuer de represalia, se permite sólo en tanto se lleve a cabo como reacción contra un delito [···] Únicamente se permite como una reacción contra un comportamiento ilegal, contra un delito, y tan sólo cuando va dirigida contra el Estado responsable de éste. Sucede aquí lo mismo que con las represalias: la guerra tiene que constituir una sanción, si no, está caracterizada como delito”. Véase Hans Kelsen, Ibíd., pp. 56, 58

58 Hans Kelsen, Ibíd., p. 75

59 Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno, p. 35

60 Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Ibidem

61 “En el siglo XVI esta transformación se termina, y entonces la palabra soberanía va a tomar un sentido absoluto. Antiguamente esta palabra no implicaba una independencia total: sólo era un comparativo que indicaba cierto grado de potestad. En la doctrina del siglo XVI el sentido de esa palabra se modifica grandemente; la soberanía es el carácter de una potestad que no depende de ninguna otra y no admite a ninguna otra en concurrencia con ella; en vez de ser relativa, la soberanía se ha convertido en absoluta”. Véase R. Carré de Malberg, Teoría general del Estado, FCE, 2ª edición, 1998, 1ª reimpresión, 2000, México, pp. 84-85

“En lucha con estos tres poderes [monarca, Iglesia, señores locales] ha nacido la idea de soberanía, que es, por consiguiente, imposible de conocer sin tener igualmente conocimiento de estas luchas. La soberanía es un concepto polémico (permítaseme la expresión); al comienzo con valor defensivo, posteriormente de naturaleza ofensiva”. Véase Georg Jellinek, Teoría general del Estado, p. 405

62 “La soberanía era una afirmación de autoridad no sólo interna sino externamente; esto es, vis-à-vis otros estados. Fue en primer lugar una afirmación de fronteras fijas, dentro de las cuales un estado determinado era soberano, y por lo cual dentro de ellas ningún otro estado tenía el derecho de ejercer ningún tipo de autoridad: ejecutiva, legislativa, judicial o militar”. Véase Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, p 65

63 Georg Jellinek, Teoría general del Estado, p. 432

64 Immanuel Wallerstein, Conocer el mundo, saber el mundo. El fin de lo aprendido. Una ciencia social para el siglo XXI, Siglo XXI, 2ª edición, 2002, México, p. 70

65 “En todo caso, es notorio que los estados fuertes no son plenamente recíprocos en el reconocimiento de la soberanía de los estados más débiles”. Véase Immanuel Wallerstein, Ibidem. Véase tambíén Giovanni Arrighi y Beverly J. Silver, Caos y orden en el sistema-mundo moderno, pp. 14-17

66 Georg Jellinek, Teoría general del Estado, p. 433

67 Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, p. 66

68 “El movimiento social definía la opresión remitiéndose a la que los patrones ejercían sobre los trabajadores asalariados, la burguesía sobre el proletariado [···] El movimiento nacional, por otro lado, definía la opresión como la de un grupo nacional sobre otro”. Véase Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Movimientos antisistémicos, Akal, 1ª edición, 1999, España, p. 30

69 Giovanni Arrighi, Terence K. Hopkins e Immanuel Wallerstein, Ibíd., p. 31

70 Immanuel Wallerstein, Análisis de sistemas-mundo, p. 66

71 Immanuel Wallerstein, Ibidem


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